Una gran historia puede comenzar con un gesto tan mínimo como regalar unas bolsitas de té. Elena y José se conocían desde hacía años gracias a amigos en común, pero no fue hasta otoño de 2019 cuando una conversación esporádica en redes sociales empezó a tomar otro cariz. Ella, médico, estaba inmersa en la preparación del MIR, él, fisioterapeuta, estaba de viaje en Marruecos. La excusa del té moruno a modo de souvenir fue perfecta para quedar. La conexión fue inmediata y ni siquiera la pandemia, que apenas tres meses después los obligó a pasar tiempo separados, consiguió poner freno a su relación.
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Cuatro años y medio más tarde, ya viviendo juntos y con la idea de formar una familia muy presente, José le pidió matrimonio en una cena en Semana Santa. Un momento cotidiano que acabó siendo inolvidable.
Y si Elena tenía claro que quería casarse con José, también lo tenía igual de claro en otro aspecto fundamental: quién sería la persona encargada de dar forma al vestido con el que diría “sí, quiero”. ¿Su nombre? Inés Lacasa.
Una boda de ¡HOLA! como punto de partida
“Desde que descubrí a Inés Lacasa, hace ya varios años, tenía claro que, si algún día me casaba, sería ella la encargada de hacerme el vestido”, explica. El primer flechazo llegó a través de una amiga que había trabajado como modelo para algunos de sus diseños y, desde entonces, Elena siguió de cerca su trabajo, atraída por “las texturas de los tejidos, la originalidad de los diseños y esa manera tan especial de entender a cada novia”.
Cuando llegó el momento de dar el paso, indagó en su universo nupcial para encontrar inspiración. Fue proceso abierto, intuitivo y lleno de referencias. “Me gustaban muchas cosas distintas: había vestidos más sencillos y otros con más volumen y textura, y todos me encajaban de alguna manera, ¡aunque no tuvieran nada que ver!”, recuerda entre risas.
La clave llegó casi por sorpresa. Un día, Elena se topó con un artículo sobre el vestido de novia que la diseñadora colombiana Silvia Tcherassi había creado para su nuera. “Era un diseño bordado, con apliques en 3D en tonos beige y blanco, y me pareció absolutamente maravilloso. Me encantó la idea de llevar algo diferente”, explica. La imagen fue directa al móvil de su madre, que reaccionó de inmediato: “Me llamó y me dijo: ‘Elena, ¡este vestido acaba de salir publicado en HOLA y es totalmente tú!’”. A partir de ese momento, el camino estaba más claro.
Un diseño de alta costura pensado al milímetro
En una de las primeras visitas al atelier, Elena le mostró a Inés aquella imagen que se había guardado y que sirvió como punto de partida para que Inés entendiera lo que buscaba Elena e hiciera su magia. “Me hizo un boceto que me encantó desde el primer momento”, recuerda. A partir de ahí comenzó un trabajo pausado y muy cuidado: toma de medidas, pruebas de volúmenes y una búsqueda intensa de tejidos hasta dar con la combinación perfecta. “En la prueba de la toilé ya me vi muy favorecida y sentí que íbamos por el buen camino”.
La diseñadora también lo tuvo claro desde el inicio. “Elena quería un vestido muy especial, con muchos detalles, pero sin renunciar a la comodidad”, explica Inés Lacasa. “Además, deseaba realzar la espalda y los hombros, así que apostamos por un escote halter que potenciara esa zona con mucha elegancia”. A esta silueta se le sumaron mangas desmontables pensadas para la iglesia y la celebración más formal, de las que se podía prescindir tras la ceremonia.
Y es que el vestido se concibió como una pieza desmontable, con una cola que también podía retirarse. Gracias al cancán que llevaba, al aligerar el vestido, este adquiría aún más movimiento. “Tenía muchísimo vuelo y, al moverme, era como si flotara. Me sentía como una princesa, ¡un poco Grace Kelly!”, resume con una sonrisa.
El resultado fue una auténtica pieza de alta costura. El tejido principal se desarrolló a partir de tres capas distintas de tul bordado que, al superponerse, crean un estampado único y lleno de matices. “Fue un trabajo muy minucioso de selección, prueba y ajuste, completamente artesanal”, señala la diseñadora.
Como broche final, el vestido se completó con una capa exterior bordada en 3D, compuesta por flores aplicadas una a una a mano. “Solo esta última fase supuso más de 80 horas de trabajo, realizadas en paralelo por dos personas, debido a las dimensiones del vestido y a la delicadeza del tejido”. Un diseño exclusivo, creado expresamente para Elena, “pensado para una sola novia en el mundo”.
El proceso fácil y emotivo
Más allá del resultado final, Elena guarda un recuerdo especialmente bonito de todo el proceso. Su madre estuvo presente en todas las pruebas y, cuando ya dieron con la tela definitiva, se sumaron también dos de sus tres hermanas. “Fue divertidísimo, porque cada una tenía su opinión y no nos poníamos de acuerdo”, recuerda. Poco a poco, el vestido fue tomando forma.
“Siempre salía del taller feliz, con ganas de volver y ver cómo había avanzado”, recuerda. Durante esos meses, Elena vivió el proceso con calma y mucha ilusión, arropada por el equipo de Inés Lacasa. “Te hacen sentir como en casa, se implican muchísimo y eso se nota”.
Desde el otro lado, la diseñadora coincide en que fue un trabajo especialmente emotivo. “Desde el primer momento supe que iba a ser un proceso muy bonito. Elena es cercana, tiene una energía preciosa y conectamos enseguida”, explica.
Accesorios y 'beauty look'
La novia tenía clarísimo que el velo formaría parte de su look nupcial, para rematar esa imagen de princesa de cuento. “Desde pequeña me ha parecido un accesorio precioso, aporta elegancia y sofisticación”, explica. Eso sí, lo imaginaba muy sutil, pensado únicamente para acompañarla en su entrada a la iglesia y retirarlo en el momento del rito. “Las fotos con el puesto me parecen muy bonitas”, reconoce.
En cuanto a las joyas, optó por piezas con un fuerte componente emocional. Llevó únicamente su anillo de pedida, realizado en diamante blanco y diamante azul - su particular “algo azul”-, y unos pendientes de diamantes con una perla que habían pertenecido a su abuela y recibió como regalo para ese día. “Al principio tenía miedo de que no encajaran con el vestido, pero cuando me los probé me encantaron”, recuerda. Un ejemplo perfecto de cómo las joyas heredadas pueden integrarse siempre en un estilismo contemporáneo.
En cuanto a los zapatos, la comodidad fue clave. Elena buscaba un diseño que pudiera acompañarla durante toda la boda y que, además, pudiera reutilizar en el futuro. Aprovechando el tono rosa nude del forro del vestido, eligió unos zapatos en esa misma gama, con una ligera plataforma y un tacón altísimo - ¡13 centímetros! - pero sorprendentemente estable. “Me resultaron tan cómodos que ni me acordé de cambiarme hasta que acabó la boda”, confiesa.
El ramo siguió la misma línea de sencillez, actuando como un simple contrapunto. Por eso se decantó por ranúnculos, una flor de temporada que le parecía “pura y muy elegante”, anudados con un lazo blanco de organza muy romántico que conectaba con la estética de la decoración.
Para el beauty look, eligió a su estilista de confianza, Cati, que le hizo un moño de bailarina a media altura. “Siempre me ha parecido un peinado muy elegante para una novia y no me veía de otra manera”, explica. Aunque pensó en soltar el pelo durante la fiesta, se sintió tan cómoda que lo mantuvo intacto hasta el final de la noche. El maquillaje siguió una línea natural, pero trabajada: mirada definida con raya y pestañas marcadas, pómulos protagonistas - “soy de mucho colorete”-, y labios con un punto extra de color para realzarlos.
Y salió el sol
El día de la boda amaneció con cierta dosis de caos y nerviosismo. Murcia despertó pasada por agua y Elena comenzó la mañana entre paraguas y planes improvisados. “Fui a la peluquería a lavarme el pelo para que luego vinieran a peinarme a casa, y tenía pensado ponerme un vestido blanco de guipur para los preparativos”, recuerda. Sin embargo, nada salió como estaba previsto: el vestido le quedaba grande y no había forma de arreglarlo. Por eso, su hermana pequeña le prestó un conjunto de raso con incrustaciones de pedrería. “Al final, me gustó muchísimo más”, confiesa.
La lluvia acompañó la mañana, aumentando los nervios de la novia, hasta que ocurrió casi un pequeño milagro. “Me tranquilicé cuando vi que salía el sol justo en el momento en el que teníamos que entrar a la iglesia”, explica. Y así fue. A las cinco de la tarde del 12 de abril de 2025, Elena y José se dieron el “sí, quiero” en la iglesia de San Miguel Arcángel, en Murcia, uno de los templos más especiales para ella, ya que allí mismo se habían casado sus padres treinta años antes.
Recuerda con especial cariño el momento de su entrada, al ver a José esperándola en el altar, visiblemente emocionado. También el rito del matrimonio, cuando él le retiró el velo mientras sonaba de fondo el Adagio para oboe de Gabriel. La música tuvo un papel fundamental durante todo el enlace gracias a la voz de su prima, soprano, que cantó durante la entrada de la novia y volvió a emocionar a todos con un Ave María.
Una celebración al aire libre
Tras la ceremonia, los recién casados y sus invitados se trasladaron a la Finca Siempreverde, un enclave rodeado de jardines y naturaleza, muy cerca de Murcia. Allí dio comienzo una celebración que fue de menos a más, aunque el tiempo volvió a ponerles a prueba nada más llegar. “Comenzó a chispear y el cóctel estaba previsto al aire libre. Aunque teníamos un plan B para trasladarlo a un espacio cubierto, el grupo de música no tenía margen para desmontar y volver a montar el equipo”, explica Elena.
José, con total calma, la tranquilizó. “Van a ser cuatro gotas. Además, yo sin música no me quedo”. Y es que no se trataba de cualquier grupo: quienes tocaban eran amigos suyos, con los que él mismo suele cantar.
No estuvieron desacertados al confiar en el plan original, porque a los pocos minutos la nube se disipó y todo continuó tal y como lo habían imaginado. Fue ahí cuando en el cóctel sonó El Callejón del Sastre, que les recibió interpretando El día en que me quieras.
La música siguió siendo protagonista durante toda la celebración. José, incluso, se subió al escenario para cantar varias canciones y sorprendió a Elena dedicándole Falling in Love with You, de Elvis Presley, el tema elegido para su primer baile. “Fue un momento increíble”, recuerda.
Una organización muy personal y una decoración sencilla
Organizaron su boda sin wedding planner, contactando ellos mismos con proveedores y reservando pronto aquello que ya tenían claro. La experiencia de amigas que se habían casado recientemente fue clave, al igual que los consejos de una amiga muy cercana, encargada de la papelería de la boda, que había trabajado en numerosas celebraciones. A todo ello se sumó el apoyo constante de su madre y, por supuesto, de José. “Entre los dos lo fuimos concretando todo poco a poco”, cuenta. Dos meses antes del gran día, prácticamente todo estaba cerrado.
La decoración fue sencilla y elegante, donde el blanco y los elementos naturales fueron el hilo a seguir. La iglesia no se recargó: fueron suficientes dos columnas asimétricas y silvestres con hortensias blancas, un detalle que se repitió en la zona del altar, y ramajes de eucalipto en el pasillo. En la finca, siguieron la misma línea: mesas con centros de paniculata y eucalipto, y una gran hortensia blanca que aportaba un toque de luz, tanto en el banquete como en el seating plan. En la carpa, los ramajes silvestres reforzaban esa sensación de estar celebrando la boda en pleno bosque. “Creo que menos es más”, resume Elena.
¿Un último consejo? “Disfrutar tanto de la planificación como del día de la boda en sí, ¡pasa todo rapidísimo! La última semana es un caos, por muy organizado que lo tengas, pero ese día olvídate de todo y déjate llevar. Ayuda mucho tener a un equipo a tu lado (amigos, familia) y contar ese día, como en mi caso, con mis mejores amigas. Los fotógrafos y las encargadas de la finca, también hicieron todo lo posible para que todo saliera bien”. Y salió, porque fue un día inolvidable.
