Olivia Dean, la cantante británica, de 26 años, se alzó este domingo en los Grammy 2026 con el premio a Best New Artist por The Art of Loving, un álbum que, más que buscar el impacto inmediato, parece escrito para quedarse. Mientras buena parte del pop contemporáneo se apoya en la urgencia, la hiperproducción y la imagen como golpe visual, Dean ha construido su camino desde otro lugar: canciones que suenan a vinilo, a soul templado, a cuerpos que se mueven sin prisa. Y una estética —tan coherente como poco obvia— que parece haber quedado suspendida en algún punto entre finales de los noventa y los primeros años 2000. Y quizá por eso resulta tan magnética: en plena era de la sobreestimulación, ella elige hacerlo todo "a la antigua".
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No es nostalgia gratuita ni revival forzado. Es algo más sutil: Olivia Dean parece vivir dentro de una película de aquella época, cuando la moda aún no estaba pensada para el algoritmo y el estilo era una extensión natural de la personalidad.
Cantar despacio en la era de la prisa
Dean llevaba tiempo siendo un secreto a voces. Desde su single OK Love You Bye (2019) y su debut Messy (2023), su nombre circulaba entre quienes buscaban algo distinto dentro del pop británico. Pero con The Art of Loving ha dado un salto definitivo: más de 16 millones de reproducciones en Spotify en su primer día y canciones como Man, I Need escalando hasta situarse entre las más escuchadas del mundo.
Ella misma ha explicado su trayectoria con una frase reveladora: “Me gusta que haya sido a la antigua. No tengo interés en acelerar el éxito”. Esa manera de entender la carrera —sin trucos, sin atajos— es exactamente la misma que aplica a su imagen pública. Nada en Olivia Dean parece apresurado.
Vestirse como si el cuerpo importara
Ahí entra su estilo. Con la ayuda de la estilista Simone Beyene, Olivia Dean ha construido un armario escénico que huye deliberadamente del uniforme pop actual. No hay bodys de competición ni coreografías encapsuladas en leotardos técnicos. En su lugar, vestidos con alma, telas que acompañan el movimiento y siluetas pensadas para bailar de verdad.
Hay vestidos palabra de honor ajustados, minivestidos ceñidos, escotes halter, lencería reinterpretada, faldas midi, chaquetas finas de punto, lentejuelas en colores inesperados. Hay referencias claras a los 2000 —Sex and the City, el minimalismo sexy de Calvin Klein— pero también a los 90 y a los 80: tartán con guiños punk, rayas multicolor, volúmenes, plumas, faldas globo.
Diseños que se entienden en movimiento
Dean lo ha explicado con precisión en entrevistas: un look de escenario no tiene que hacerlo todo, pero sí hacer algo muy bien. “O tiene que brillar, o tiene que tener una forma interesante que influya en cómo me muevo, o tiene que hacerme sentir cómoda y segura”. Si no se siente bien, no puede cantar.
De ahí sus elecciones: un vestido “casi con forma de pájaro” de McQueen que describió como perfecto para moverse; un diseño de Erdem con enagua incluida que la hizo sentirse dentro de un cuento de hadas. “¿Cuántas veces puedes llevar una enagua en la vida?”, preguntaba entre risas. Ese tipo de detalles —aparentemente menores— son los que explican por qué su estilo funciona: hay diversión, curiosidad y una relación íntima con la ropa.
Entre diseñadores emergentes y clásicos absolutos
Otro rasgo clave: su apoyo constante a diseñadores británicos emergentes. Chopova Lowena, 16Arlington, Conner Ives, Feben, Knwls, Rat & Boa. Marcas jóvenes, con carácter, sin miedo al color ni al exceso. A la vez, conviven con casas históricas como Burberry, Chanel o Miu Miu, que Dean adopta sin rigidez.
Puede aparecer con un abrigo de cuadros marrón impecable, con un conjunto de tweed en rosa y verde pastel que remite directamente a Coco Chanel, o con un vestido largo, elegante y clásico.
Un estilo que acompaña a una manera de estar en el mundo
Mirar el armario de Olivia Dean es entender también su música. Ambas cosas hablan de lo mismo: de bajar el ritmo, de disfrutar del proceso, de no vestirse —ni cantar— para gustar a todo el mundo.
En un momento en el que el pop femenino oscila entre la hiperfeminidad performativa y la provocación calculada, Olivia Dean ocupa un espacio raro y valioso. Canta como antes. Se viste como entonces. Y, paradójicamente, suena y se ve más actual que nadie.
