Hija de Grace Kelly, sí, pero nunca de vestidos de gala ni de moños perfectos. Estefanía de Mónaco cumple 61 años y, si algo ha definido su relación con la moda, ha sido la negativa frontal a parecerse a lo que se esperaba de ella. Mientras el mundo la imaginaba envuelta en tafetanes y rubios de peluquería, ella apareció con cazadoras de cuero con tachuelas, leotardos rosas, hombros exagerados, peinados con joyas incrustadas y una estética punk-pop que marcó los años ochenta. Cantante, musa, aprendiz en Dior, creadora de una firma de baño y patrona del circo, Estefanía era la princesa rebelde, la que se saltaba las normas, la que decía que no cuando se esperaba un sí. Su vida —marcada por la tragedia, el escrutinio mediático y una libertad ferozmente defendida— se ha reflejado siempre en su manera de vestir.
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Pop star y presidenta del Festival Internacional de Circo de Montecarlo, entendió muy pronto que la ropa también podía ser espectáculo. De la androginia a la sensualidad deportiva, su capacidad para mutar —de punk a princesa y viceversa— la convirtió en una figura de referencia tanto en el siglo XX como en el XXI, muy especialmente gracias a su relación personal y creativa con Marc Bohan, director artístico de Dior durante casi tres décadas. Mientras su madre representaba el ideal de elegancia clásica de Hollywood y Carolina encarnaba el refinamiento aristocrático, Estefanía optó por otra vía: la del riesgo, el descaro y una estética ochentera que hoy sigue inspirando a diseñadores y estilistas.
Una infancia entre Dior… y la primera rebeldía
Estefanía María Isabel Grimaldi nació el 1 de febrero de 1965 y fue bautizada semanas después en la catedral de Mónaco, decorada para la ocasión con 200.000 claveles rojos y 30.000 rosas blancas, los colores del principado. Vestía Dior incluso antes de ser consciente de ello. Pero su primer gesto de insumisión llegó pronto: durante el bautizo, hizo pis sobre el cardenal Tisserand que oficiaba la ceremonia, una anécdota que con el tiempo se ha convertido en metáfora involuntaria de su biografía.
Llegarían muchos más. Escapadas de internados, oficios inesperados, amores inapropiados. Su padre, Raniero III, fue siempre su mayor aliado. “Fue la niña de sus ojos”, recuerda un amigo cercano, “aunque cuando había que corregirla, pedía a alguien de confianza que hiciera el trabajo sucio”.
Desde pequeña mostró una obsesión clara por la moda. “Siempre me han interesado los vestidos”, decía en una entrevista de 1986. Jugaba con recortables junto a su madre, Grace Kelly, quien le enseñaba a vestir muñecas de papel. El New York Times llegó a relatar que con apenas cuatro años fue vista envuelta en armiño, y que en 1978 se negó a acudir a la gala preboda de su hermana Carolina porque no le permitían ir en vaqueros.
La tragedia y el punto de no retorno
La tragedia marcó su vida para siempre el 14 de septiembre de 1982. Grace Kelly y Estefanía viajaban juntas desde Roc Agel hacia Mónaco cuando el coche se salió de la carretera en la tercera curva. Estefanía se fracturó una vértebra; su madre falleció horas después. La prensa insinuó que era Estefanía quien conducía. “Eso la destrozó”, asegura alguien que la conoce bien. “Le cargaron la responsabilidad de la muerte”.
Ese fue el primero de los tres grandes puntos de inflexión de su vida, junto a la infidelidad pública de su marido Daniel Ducruet y la muerte de su padre.
La estética ochentera que marcó una generación
Tras un breve paréntesis, Estefanía retomó la moda en París. Estudió diseño y fue aprendiz de Marc Bohan en Dior, aportando color —literal— a una casa entonces dominada por los grises. Se tiñó el pelo de rojo y verde, para horror de su padre. Cuando Raniero amenazó con retirarle el pasaporte si posaba como modelo, ella respondió creando su propia firma de baño, Pool Position, junto a Alix de la Comble.
La presentación fue tan performativa como ella: tras los últimos diseños, al son de Just a Gigolo, Estefanía se lanzó a una piscina. En primera fila estaban Karl Lagerfeld y Helmut Newton.
Sus looks de los años 80 —leotardos, hombros marcados, cuero con tachuelas, estética punk, athleisure avant la lettre— la convirtieron en musa de diseñadores como Emanuel Ungaro y, décadas después, de Fausto Puglisi, que creció viendo el videoclip de Ouragan, su éxito europeo de 1986.
El Independent llegó a describir su físico como “Carolina con esteroides” y como un “modelo masculino antes de que los modelos masculinos parecieran chicos”.
Circo, amor y una vida lejos del protocolo
Estefanía también quiso ser cantante, estrella pop y mujer enamorada. Se casó dos veces, se divorció dos veces y llegó a vivir en una caravana de circo con sus hijos, siguiendo al acróbata Adans López Peres y al domador de elefantes Franco Knie. Fue patrona del Festival Internacional del Circo de Montecarlo, un rol que asumió con absoluta entrega.
“Ya no tengo 21 años. Que dejen de llamarme la princesa rebelde”, dijo en una entrevista en 2015. “Me considero ante todo madre. Es hora de que sepan quién soy hoy”.
Una vida sencilla lejos del cliché
Hoy vive en un ático de casi 300 metros cuadrados en Mónaco, con piscina y jardín. Poco servicio. Compra en el Carrefour del barrio. Al menos hasta hace unos años, compartía casa con su hija menor, Camille Marie, mientras Louis vivía en Los Ángeles y Pauline —auténtico icono de estilo actual— estudiaba moda en París. Pauline, de hecho, viste a su madre con diseños de su propia firma Alter, cerrando así un círculo creativo y generacional.
Un icono eterno con 61 años, más allá de los clichés
Estefanía nunca quiso ser princesa pero, sin proponérselo, se convirtió en icono. Sus looks cuentan la historia de una mujer que eligió vivir sin pedir permiso, que transformó el dolor en expresión y la moda en lenguaje propio. A los 61 años, su legado estético sigue siendo tan indomable como ella.
Estefanía de Mónaco nunca quiso ser princesa. Pero su manera de vestir, de vivir y de resistir ha dejado una huella que sigue siendo estudiada, reinterpretada y celebrada. A los 61 años, su legado no está en el protocolo ni en la corona, sino en haber usado la moda como lenguaje personal, incluso cuando eso incomodaba a todos.
