Las operaciones de minería en el fondo del mar, pensadas para abastecer la demanda de minerales críticos para tecnologías verdes y baterías, ya están produciendo efectos ambientales observables, según investigaciones científicas recientes.
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Aunque la explotación comercial aún no ha comenzado a gran escala, los registros de impactos en biodiversidad marina y en la estructura de ecosistemas abisales han generado una creciente preocupación entre investigadores y organizaciones internacionales. Los científicos advierten sobre daños potencialmente duraderos, perturbación de cadenas alimentarias y riesgos para especies desde microorganismos hasta grandes cetáceos.
Primeros signos de impacto real
Durante décadas, la minería en aguas profundas fue un concepto teórico, discutido principalmente en laboratorios y conferencias. La idea de extraer minerales como cobalto, níquel, manganeso y litio del lecho marino ha captado interés por su posible papel en la transición energética. Sin embargo, recientes ensayos de minería de prueba y estudios científicos han mostrado que la actividad no es inocua.
Un estudio publicado en Nature ha constatado que zonas previamente perturbadas por pruebas de minería en el Pacífico siguen mostrando alteraciones en su biodiversidad décadas después, aunque también se han documentado las primeras señales de recuperación biológica lenta. Esto subraya la complejidad de los impactos y la dificultad de restaurar ecosistemas marinos profundos que evolucionan a ritmos extremadamente lentos.
El problema de los sedimentos
Una de las principales preocupaciones son las nubes de sedimentos generadas por la actividad extractiva. Estos “plumas” se forman al remover el lecho marino con maquinaria pesada y pueden desplazarse a través de vastas extensiones. La elevación de partículas finas en el agua puede asfixiar o perturbar a organismos bentónicos, afectar la calidad del agua y alterar procesos ecológicos esenciales que sostienen a especies de distintas profundidades.
Además, el material removido y el polvo sedimentado pueden llevar consigo metales pesados y toxinas que se dispersen en la columna de agua, potencialmente incorporándose a la cadena alimentaria y llegando a especies comerciales. Esto podría tener consecuencias económicas y sociales para comunidades pesqueras que dependen de recursos marinos saludables.
Afectación de ecosistemas
El océano profundo alberga ecosistemas únicos que no se parecen a los de aguas costeras o superficiales. Muchas especies de invertebrados, peces y microorganismos están adaptadas a condiciones extremadamente estables y oscuras, y pueden tardar siglos o milenios en recuperarse de perturbaciones físicas.
Se estima que enormes áreas del lecho oceánico están cubiertas por nódulos polimetálicos, concentraciones de minerales que pueden tardar millones de años en formarse. Extraer estos nodulos significa, en muchos casos, destruir el hábitat de las especies que dependen de ellos. El daño podría ser irreversible en escalas de tiempo humanas.
Impacto más allá del fondo marino
Aunque los efectos sobre la biodiversidad del fondo marino son de por sí preocupantes, los impactos podrían propagarse más allá. Las perturbaciones pueden influir en la subida de nutrientes y materia orgánica a las capas superiores del océano, interfiriendo con procesos que sostienen redes alimentarias completas.
También se ha destacado el riesgo de que la actividad minera interfiera con patrones migratorios y comunicación de grandes animales como cetáceos, sensibles a la contaminación acústica y a los cambios químicos en el agua generados por maquinaria industrial.
Polémicas regulatorias
Organismos internacionales como la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA), dependiente de la ONU, han negociado durante años un marco regulatorio para esta industria. Sin embargo, la falta de datos científicos sólidos sobre los impactos ambientales reales ha llevado a que varios Estados y organizaciones exijan una moratoria o pausa precautoria antes de que se autoricen operaciones comerciales.
La presión de algunos gobiernos y empresas interesadas en explotar estos recursos contrasta con la voz de muchos investigadores y grupos ecologistas, que piden más tiempo para estudiar, comprender y, si es necesario, limitar esta actividad.
