“La vida es un borrador que no se puede pasar a limpio”, decía la escritora almeriense Carmen Canet. Y es que, a veces, necesitamos que el destino nos sacuda con su cara más cruel para recordar que el tiempo es el único lujo que no podemos recuperar. El accidente ferroviario de Adamuz (Córdoba), que ha dejado a España sumida en un profundo luto con 41 fallecidos, ha devuelto muchas historias de horror, pero también una lección de amor que ya se ha hecho viral.
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Se llama Fidel Sáez y su testimonio en el especial informativo de RTVE con Pepa Bueno no es solo la crónica de una pérdida: es un manual de supervivencia emocional para todos los que nos quedamos aquí.
Un viaje de ilusión que terminó en el primer vagón
La historia de la familia de Fidel comenzó con la alegría propia de los niños. Habían viajado a Madrid para ver el musical El Rey León. En el primer vagón, el más afectado por el impacto, viajaban cinco personas que lo eran todo para él: su madre, su hermano, sus dos hijos y un sobrino. Nadie se despide de su madre pensando que puede ser la última vez. Nadie sube a un tren creyendo que ese trayecto marcará su historia para siempre. Pero a veces el destino no avisa. Simplemente ocurre.
Fidel relató cómo pasó horas intentando localizar a los suyos, recibiendo noticias fragmentadas hasta que la realidad se impuso con toda su crudeza. Su madre no había sobrevivido. Su hermano, uno de los pocos supervivientes del primer vagón, permanecía ingresado tras haber pasado más de una hora atrapado entre los hierros, rodeado de personas fallecidas y convencido de que no saldría con vida.
Tras horas de angustia, llegó la confirmación definitiva: en aquel amasijo de hierro ya no quedaban supervivientes. Fidel perdió a su madre, el motor de su existencia. Y, aun así, decidió lanzar un mensaje que ha paralizado las redes sociales.
“Estoy aquí para trasladar al pueblo que hay que decir más “te quiero”, que a la familia hay que darle cariño. No hay que enfadarse por cosas pequeñas, porque la vida en cualquier momento se va”.
El héroe que salvó a los niños con los pies
Entre el dolor, Fidel compartió un relato que pone los pelos de punta. Su hermano permaneció una hora y media atrapado entre los restos del tren, convencido de que su vida terminaba allí. Aun así, sacó fuerzas de donde no las había.
“Logró sacar a mis hijos impulsándolos con los pies por la ventanilla”, explicó emocionado.
Gracias a ese acto desesperado de heroísmo, y a la ayuda de una mujer anónima que los recogió desde el exterior antes de la llegada de la Guardia Civil, los hijos de Fidel están hoy a salvo.
"Sal y diles cómo era mamá"
Cuando Fidel pudo entrar en la UCI para ver a su hermano, ya estable tras ser desintubado, este solo le pidió una cosa: que contara la historia de su madre. No quiso hablar de la investigación ni de los fallos técnicos. Quiso que el mundo supiera que fue una mujer entregada, el eje sobre el que pivotaba toda la familia.
Con una entereza que ha conmovido incluso al presidente de RTVE, José Pablo López —quien pidió “invertir un minuto” en escucharle—, Fidel cerró su intervención con una certeza nacida de su fe:
“El Señor se la ha querido llevar de esta manera, pero ha dejado una huella muy grande en nosotros. Algún día nos volveremos a encontrar”.
En medio del dolor, Fidel no pidió justicia ni utilizó grandes palabras. Hizo algo distinto: nos habló a todos, aconsejandonos a decir más “te quiero” a las personas que amamos.
Es una frase incómoda, porque nos enfrenta a nuestras propias rutinas: los silencios prolongados, las discusiones absurdas, los “ya hablaremos mañana”. El mensaje de Fidel cala porque no es una lección moral, sino un recordatorio urgente de lo efímero.
Y aunque decir “te quiero” no cambia el destino. No evita el dolor ni reescribe los hechos, si cambia lo que dejamos en quienes se quedan.
Y quizá esa sea la lección más dura —y más necesaria— que nos deja el testimonio de Fidel Sáez: no posponer nunca un perdón, un abrazo o un “te quiero”, porque el tiempo, como la vida, no avisa.
