Antes de que Ilia Topuria se proclamara campeón del mundo, antes incluso de que existiera “El Matador”, hubo una mujer caminando bajo la nieve con una niña en brazos y otra vida gestándose en su vientre. Tenía 21 años, acababa de perder a su hermano y a su marido en la guerra y se vio obligada a huir de Abjasia con lo puesto. Esa historia —hecha de hambre, miedo y una obstinación feroz por sobrevivir— es el verdadero origen del campeón. En Rendirse no es una opción (Espasa), la biografía de Inga Topuria, madre de Ilia, escrita por Giorgi Kekelidze, uno de los autores más leídos de Georgia, el foco se sitúa en la mujer que convirtió la tragedia en un legado invencible.
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En los años setenta, Abjasia —entonces república autónoma soviética dependiente de Georgia— era todavía una tierra de convivencia a orillas del mar Negro: balcones abiertos al sol, desayunos familiares, una vida que parecía estable. Así lo recuerda ella. Pero ese mundo se hizo añicos en agosto de 1992, cuando la guerra civil que siguió a la desintegración de la Unión Soviética convirtió Sujumi, la capital, en un escenario de violencia extrema.
Uno de los pasajes más devastadores tiene lugar en diciembre de ese mismo año, cuando tuvo que velar los cuerpos de su hermano y de su esposo. Kekelidze rescata un detalle mínimo y brutal: “los calcetines tejidos que Gueorgui llevaba puestos el día de su muerte”. Un símbolo de cómo la guerra no solo mata personas, sino que arrasa lo cotidiano, lo íntimo, aquello que parecía a salvo del horror. Tras la muerte de su hermano y de su esposo, se vio obligada a abandonar su país y emprender una huida que marcaría su vida para siempre.
La escapada fue a pie, atravesando los pasos nevados del Cáucaso. Los caminos estaban sembrados de cadáveres; el hambre y el frío eran constantes. En uno de esos instantes en los que el destino se decide en segundos, le ofrecieron un asiento en un helicóptero. Ella lo rechazó. Minutos después, la nave se estrelló. Sobrevivir también fue cuestión de azar: una prueba de cómo la vida puede depender de lo imprevisible, aunque la determinación nunca se pierda. Cada paso que daba era un acto de resistencia y amor por sus hijos.
En esa travesía apareció otro hombre en su vida: Zaza Topuria. Con él rehízo su historia y emprendió un nuevo exilio, primero en Alemania y después en Alicante. Allí nacieron Aleksandre (1996) e Ilia (1997), hijos que transformarían las lecciones maternas de disciplina y fortaleza espiritual en victorias sobre el tatami.
Tras la guerra, emigró a Alemania, donde comenzó a reconstruir su vida y formó una nueva familia. Sobre esa etapa, reflexiona: “Nunca pensé que la vida pudiera ser tan dura, pero tampoco que pudiera ser tan hermosa si no me rendía”.
Más adelante, la familia se trasladó a España en busca de estabilidad y oportunidades. Allí inculcó a sus hijos disciplina, esfuerzo y fortaleza mental. Como Ilia mismo dice: “Cuando subo una montaña, sé que nunca voy a mirar hacia abajo, sino que desde allí mismo ya estaré buscando otra montaña más alta”, reflejando la filosofía de vida que heredó de su madre.
Convertida en el pilar de su familia, enseñó a sus hijos versos de poetas georgianos como antídoto contra la desesperanza y repitió una consigna que atraviesa todo el libro: “El ser humano puede soportar el hambre, la sed y el frío, pero nunca perderse a sí mismo”. Esa disciplina íntima, tejida con memoria cultural y ética del esfuerzo, acabó marcando también la manera en que Ilia entendió su carrera deportiva.
El relato culmina el 17 de febrero de 2024, en California, cuando derrotó a Alexander Volkanovski y se coronó campeón mundial del peso pluma de la UFC. Kekelidze interpreta esa victoria no como un triunfo aislado, sino como la consecuencia lógica de una promesa materna: sus hijos tendrían un futuro mejor.
Hoy, repartiendo su vida entre entrenamientos y contratos publicitarios, su éxito brilla como los relojes de lujo que luce en la muñeca. Nada de eso estaba escrito cuando su madre cruzaba el Cáucaso a pie con dos niñas pequeñas. El autor lo cuenta sin subrayados épicos: aunque por momentos pueda parecerlo, no se trata de heroísmo cinematográfico, sino de la obstinación callada de una mujer que nunca se permitió claudicar. Esa fue, en realidad, la primera lección de un campeón.
El libro deja claro que “el dolor no desaparece, pero puede transformarse en fuerza”. Su vida demuestra que, antes de ser campeón, Ilia creció aprendiendo que “rendirse nunca fue una opción” y que cada dificultad era una oportunidad para aprender y crecer. La obra es, en esencia, un canto a la resistencia, al amor incondicional y a la fuerza de una madre frente a la adversidad.
