Cuando hace año y medio saltó la noticia de su regreso, me pareció (como a muchos otros) una idea acertadísima para un proyecto que sonaba a caballo ganador. Era el retorno de Aída, la serie que cautivó a millones de espectadores en nuestro país durante casi una década (de 2005 a 2014), convertida en todo fenómeno televisivo de la época. Esta vez, sin embargo, volvía en forma de película para contarnos, en teoría, que había sido de aquella delirante 'troupe' de carismáticos perdedores que habitaba el barrio obrero de Esperanza Sur. Allá donde lo lleves o lo uses, el factor 'nostalgia' -revisitar historias que dejaron huella- siempre funciona y atrae el público, así que hacer un largometraje de estas características tenía, a priori, todos los ingredientes para triunfar.
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Posteriormente, una vez terminado el rodaje, se daba a conocer el título oficial que llevaría film y se lanzaba el póster oficial. Para el nombre, Aída y vuelta, se hacía este cómico juego de palabras. Para el cartel, en su caso, se recurría a un 'collage' con las caras apelotonadas del elenco principal. Y era en esto último, precisamente, cuando uno ya advertía de que algo no cuadraba con lo que se podía esperar. Aparecían los actores y las actrices con un rictus serio, vestidos con camiseta negra y gafas de sol oscuras. Una especie de look futurista (estilo Men in Black o Matrix) que avanzaba lo que estaba por venir. Avisados estábamos, así que nadie se podía sentir luego decepcionado. Esto no era una 'peli' sobre cómo les iba actualmente al Luisma (Paco León) o al Baraja (Canco Rodríguez), por citar solo dos ejemplos. Esto era otra cosa, algo muy distinto.... Y damos fe que así ha sido.
A vueltas con el argumento de 'Aída y vuelta'
A partir de aquí, por lo tanto, no resulta sencillo catalogar qué es exactamente Aida y vuelta. Es una comedia, evidentemente, como no podía ser de otra forma. Pero también es un drama, que lo es, y no solo por el trasfondo de supervivencia que acompañaba siempre a estos buscavidas tan peculiares. Navegando permanente entre la ficción y la realidad, aquí no encontrarás una actualización de las tramas que protagonizaba aquella malhumorada (pero entrañable) empleada de la limpieza que, cual madre coraje, sufría lo indecible para sacar adelante a su familia.
Tampoco es Aida y vuelta una continuación de las andanzas del incorregible Mauricio Colmenero (Mariano Peña), ni del Jonathan (David Castillo) o la Lore (Ana Polvorosa). Es más, esta última ni aparece y es la única gran ausente, después de la negativa (amable) que dio la actriz a participar en ella. ¿De qué va entonces la película? Pues es un ingenioso y estrambótico reencuentro de los que hicieron la sitcom de Telecinco y ahora se interpretan a sí mismos entre bambalinas. A modo de 'making of', pero mezclándolo con una buena dosis de imaginación, nos enseñan algunos de los secretos de la trastienda. Es decir, que nos mete de lleno en el 'backstage' de esta recordada producción de Globomedia que, cada domingo por la noche, campaba a sus anchas en el horario estelar sin que nadie la tosiera.
La lucha de Carmen Machi por escapar de 'Aída'
Fue tan colosal el éxito de la serie que, incluso, se permitió un lujo que muy pocas pueden: prescindir de su gran protagonista, la que da nombre a la misma, y continuar como si nada. La marcha de Carmen Machi fue traumática, sí, pero Aída siguió adelante durante unas cuantas temporadas más y seguía enganchando a la gente. No era el principio del fin, aunque si fue sintomático y premonitorio de lo que ocurriría después. La intérprete se marchaba simple y llanamente por hastío, por agotamiento físico y mental, algo perfectamente entendible después de encarnar este papel durante nada menos que trece años (que se dice pronto). Primero, como secundaria en la recordada 7 Vidas y, seguidamente, con su propio 'spin off'. Como para no acabar cansada de hacer lo mismo una y otra vez, máxime cuando hablamos de artistas de este perfil, quienes suelen estar en la búsqueda permanente de nuevos estímulos en su carrera (cuando su caché se lo permite, claro).
Dicho lo cual, es este el argumento central de Aída y vuelta. Aunque no nos deja muy claro que fue verdad y qué es mentira, nos descubre cómo la actriz peleó contra viento y marea por dejarlo todo para poder descansar y resetear definitivamente. Para ella no era salir de su zona de confort, sino más bien lo contrario. Era como escapar de una jaula de oro o una cárcel, metafóricamente hablando. Era liberarse del peso de la fama. Algo que, curiosamente, le había llevado a la gloria más absoluta (de lo que se muestra siempre muy agradecida), pero que acabó por esclavizarla casi hasta la desesperación. Y no solo a nivel de salud mental, sino dejándole unas dolorosas secuelas físicas que también se aprecian en la película (como la dermatitis atópica que sufría las piernas y que le provocaba rascarse obsesivamente hasta sangrar).
Posiblemente, para todos aquellos fans que nunca entendieron su marcha de Aída, tal vez Machi pensaba que les debía una explicación. De ahí nace esta película, para aclarar todo lo que ella vivió en sus carnes y le hizo renunciar voluntariamente a su bien más preciado. Cuenta ella que la idea de hacer el film surgió de su cabeza durante la pandemia, y quien mejor que su amigo y compañero Paco León para darle forma y ejecutarla. Alguien, como él, con un sello personalísimo que demostró desde su ópera prima, la extraordinaria y original Carmina o revienta (dirigiendo a su madre y a su hermana); pasando por la divertidísima Kiki, el amor se hace; la extraña Rainbow (su lisérgica versión para Netflix de un clásico entre los clásicos como es El Mago de Oz), o la sublime Arde Madrid (su miniserie para Movistar+ ambientada en los años 60 que es una auténtica delicia).
Los límites del humor y otros temas de gran calado
Aunque el metraje de Aída y vuelta no pasa de la hora y media de duración, lo que hace más amena y menos pesada su experiencia cinematográfica, le da tiempo al director a tocar otros muchos palos. Veremos a la fabulosa Miren Ibarguren, en su desternillante e histriónico rol de Soraya, sufrir acoso sexual en el trabajo a manos de un 'outsider' (interpretado por el actor Emilio Gavira) que no aparecía en la serie. También se reflexiona sobre las actuales y maquiavélicas posibilidades que ofrece la Inteligencia Artificial (IA); sobre el abuso de poder por algunas cláusulas draconianas en los contratos de los actores; sobre las reivindicaciones de unos geniales e incomprendidos guionistas (artífices de base del producto), o cómo las decisiones que se toman en las altas esferas de una cadena y una productora se ven sometidas a la llamada dictadura de las audiencias.
Se aborda también sin complejos el encendido debate sobre los límites del humor, la autocensura o el poso que perdura con ciertos estereotipos reflejados en la pantalla. De hecho, hacen aquí su propio autoexamen de conciencia a lo que ellos mismos habrían contribuido a perpetuar con sus chistes, en una escena especialmente emotiva que les hará reflexionar. Es cuando se habla de Machupichu, el servicial y abnegado camarero migrante del Bar Reinols, al que daba vida el actor Óscar Reyes. Será esta una secuencia en tono agridulce que, además, les dejará un sabor amargo.
No podemos terminar esta crítica sin referirnos a una gran dama de la actuación como es Marisol Ayuso, la abuela Eugenia, que nos vuelve a deleitar con su repertorio de ironías que son como misiles. Y tampoco nos olvidamos de la espléndida Melani Olivares (Paz), del camelónico Pepe Viyuela (Chema), de la convincente Pepa Rus (Macu), del versátil Secun de la Rosa (Toni Colmenero) ni del polifacético Eduardo Casanova (Fidel). Sobre este último, destacar su franqueza y valentía para afrontar en Aída y vuelta que es portador del virus VIH (lo que anunció públicamente el pasado diciembre). Un gesto de puro coraje (que también veremos en un próximo documental) para concienciar y romper de una vez por todas con el estigma social.
