Irene Villa y su madre, María Jesús González, celebran treinta años de vida ‘extra’

El 17 de octubre se cumplen tres décadas del atentado que conmocionó a España y mostró la crueldad de ETA al mundo entero

Irene Villa y su madre, María Jesús González HOLA 4028
Mamen Sánchez

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Siempre hemos celebrado este día, el 17 de octubre, como si fuera nuestro cumpleaños. Los primeros años, nuestros amigos nos regalaban chupetes y ositos de peluche; cuando cumplimos los dieciocho, hicimos una fiesta de largo, por todo lo alto… Desde el atentado, agradecemos cada nuevo día como un regalo. Somos conscientes de que disfrutamos de este tiempo ‘extra’ y damos gracias a Dios cada mañana”. Irene Villa y su madre, María Jesús González, sobrevivieron al cruel atentado de ETA que mostró la verdadera cara de la banda terrorista al mundo entero. Las fotografías de la niña de doce años hecha pedazos sobre el asfalto y su madre, que a duras penas logró incorporarse, para desmayarse inmediatamente después de ver a su hija destrozada, dieron la vuelta al mundo.

Portada Hola 4028©Hola

 

Fueron tan espeluznantes que muchos de nosotros no hemos podido olvidarlas jamás. En cambio, ellas, las protagonistas del horror, han logrado levantarse, caminar y mirar hacia adelante. Nunca hacia atrás. Eso es vencer. Hoy, cuando se cumplen treinta años de su ‘segundo nacimiento’, han querido celebrarlo brindando con champán, asombrándonos con su manera de entender la vida y hablándonos de las consecuencias del atentado en su historia de crecimiento personal, de su ilusión, su valentía y sus ganas radicales de exprimir cada minuto de cada día.

MARÍA JESÚS.—Celebramos hoy el aniversario de una nueva vida que no pensábamos ni que pudiera existir. Lo primero que hago cada mañana al despertarme es dar gracias a Dios por el nuevo día.

IRENE.—Ayer mismo, en un acto al que asistí, me di cuenta de que llevo treinta años sin piernas. Es muy fuerte, porque todavía tengo recuerdos de mi vida anterior. Estos años se me han pasado volando. Sobre todo, los últimos veinte. Porque, desde los doce a los veinte, la adolescencia, el volver a aprender a andar, esos primeros diez años fueron más duros…, pero, desde el año dos mil hasta hoy, un suspiro.

—Vosotras habéis sabido gestionar muy bien los sentimientos. Cuando echáis la vista atrás no lo hacéis con odio ni con rencor… 

M. J.—Solo nos faltaba que, además de no tener piernas, tuviéramos rencor en el alma. Así fue desde el primer momento. Le dije a mi hija, que es muy inteligente: “El odio solamente lo padece quien lo siente. A ellos no les va a llegar”.

Irene Villa y su madre, María Jesús González HOLA 4028©Fernando Junco

 

Irene Villa y su madre, María Jesús González HOLA 4028©Fernando Junco
Sobre estas líneas, Irene Villa y su madre, María Jesús González, treinta años después de sufrir un atentado por parte de la banda terrorista ETA. Desde aquel fatídico 17 de octubre de 1991, celebran de nuevo la vida. “Los primeros años, nuestros amigos nos regalaban chupetes y ositos de peluche; cuando cumplimos los dieciocho, hicimos una fiesta de largo por todo lo alto…”, recuerdan

—¿Cómo recordáis aquel día? 

M. J.—Yo, vagamente. Solo me acuerdo de aquel día hasta que nos subimos al coche. Después, nada. No tengo ningún recuerdo ni de las ambulancias ni de nada.

—Lo siguiente que recuerdas es que te despiertas en el hospital y no sabes si la niña estaba bien o mal. 

M. J.—Claro. Yo le pregunté a la enfermera: “¿Dónde está mi hija?”. Y ella me respondió: “¿Qué hija?”. “Pues la que iba conmigo en el coche…”. Y me dice: “No, no, aquí no ha llegado nadie más que tú”. Y yo le rogué que preguntara, pero no me contestaron. De eso sí que me acuerdo, perfectamente, claro. Y yo creí que no se atrevían a decírmelo, porque mi hija se había muerto.

I.—Yo tengo un recuerdo perfectamente nítido de cuando vinieron a verme a la UVI mis amigas del equipo de baloncesto Las Vikingas y se pusieron a cantar una canción de Modestia Aparte. Hace unos años, fui a visitar a mi amiga Marimar, que estaba muy grave, en la UVI y, al ver aquellas paredes, aquellos tubos…, todo me volvió a la memoria de una manera impresionante. La cara de terror de mi padre, y yo preguntando: “¿Y mamá? ¿Y mamá?”. También tengo otro flash, en la habitación, cuando mi padre se fue llorando porque yo me levanté la sábana. Mi vecina de habitación fue la que me consoló, porque hace treinta años no existía la atención psicológica que hay ahora. Tuve una psiquiatra que alucinaba con que mi preocupación era no repetir curso en vez de las amputaciones.

“Lo mejor de estos treinta años han sido mis tres hijos. No se puede comparar con nada. Mira que he tenido premios, reconocimientos, el cariño de la gente, aventuras, viajes…, pero nada se compara al amor de ellos”

—Yo creo que a vosotras lo que os ocurrió os hizo más fuertes, claro, pero ya veníais fuertes ‘de fábrica’. 

M. J.—Yo creo que todo el mundo es igual y que sacas la fuerza cuando la necesitas. Un mes antes del atentado habían puesto una bomba en Bilbao y habían matado a la hija de un policía nacional. Y recuerdo que pensé: “Es que a mi hija le tocan un pelo y yo es que no paro hasta que acabe con ellos”. Y, mira, no la tocaron un pelo: fue mucho más. Y, sin embargo, no tengo, desde el primer momento, ningún deseo ni de venganza ni de odio. Pero yo creo que eso es una cosa natural que Dios o la Naturaleza nos da. Porque si no, no podríamos seguir viviendo.

—Una especie de autoprotección.

—Exactamente.

Irene Villa y su madre, María Jesús González HOLA 4028©Fernando Junco

 

—Supongo que aquello no solo os afectó a vosotras dos, sino a toda la familia. A Virginia, la hermana mayor de Irene, por ejemplo. 

M. J.—Ella es la que se ha llevado la peor parte. Porque vivíamos las tres juntas y, de repente, se quedó sola. Se tuvo que ir a vivir con mi amiga, vecina, que tiene una hija más o menos de su edad, pero, claro, era muy duro para ella. No estaba su madre, ni su hermana, su padre se volcó con Irene, tenía quince años, una edad muy complicada…

I.—Los hermanos son los grandes olvidados. Yo lo veo mucho en mi fundación, con los niños con discapacidad, que los hermanos muchas veces quedan desdibujados y, al final, es peor el daño psicológico que el físico. En nuestro caso, yo no tengo piernas, pero soy una persona autosuficiente, sana…

María Jesús: “Solo nos faltaba que, además de no tener piernas, tuviéramos rencor en el alma. Le dije a mi hija, que es muy inteligente: ‘El odio solamente lo padece quien lo siente. A ellos no les va a llegar”

—Es que, en tu caso, fue toda España la que se volcó contigo. Ver aquellas imágenes de esa niña tan mona, destrozada, fue terrible. Aquello nos impresionó a todos. Yo creo que marcó un antes y un después en la historia de España y del terrorismo en España. 

M. J.—Sí, ella y Miguel Ángel Blanco fueron un revulsivo. Y, además, nuestro atentado fue el único que salió en directo, porque hacía una hora habían matado a un militar a doscientos metros de nuestra bomba. Estaban allí todas las televisiones y los fotógrafos.

I.—Tengo unas fotos espeluznantes que me dio el fotógrafo que las hizo, que luego entró en depresión y tuvo que ir al psiquiatra… Era un chico de la agencia Efe que estaba allí cubriendo el otro atentado y, al escuchar nuestra bomba, fue corriendo y mira lo que se encontró. Tiene fotos mías con los ojos vueltos, haciéndome el «electroshock», el fémur roto, la pierna por un lado, la sangre…

—Hay que ver lo que son los daños colaterales… 

I.—Hubo muchos daños colaterales. Gente que lo ha pasado incluso peor que nosotras, empezando por mi hermana.

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Irene Villa y su madre, durante su posado para ¡HOLA!

 

—Y, mirando las cosas desde otra perspectiva, ¿cuáles creéis que fueron los efectos positivos colaterales?

I.—Ahí empezó una concienciación de lo que era ETA en realidad. Según me contó Ignacio Gordillo, la jueza francesa Le Vert, que defendía la parte ‘romántica’ de ETA, se dio cuenta de que eran auténticos asesinos y, por primera vez, empezó a colaborar Francia con España.

M. J.—Y ya no era aquello de “algo habrán hecho” que se decía hasta entonces y que era muy doloroso.

I.—Por otra parte, nos ha obligado a sacar las cosas buenas de nosotras mismas. De mí decían que era una niña muy mimada, la pequeña, la frágil, y pensaban que cuando viera lo que me había pasado me iba a venir abajo, y, sin embargo, lo que hizo fue sacar mi versión mejor. En mis conferencias hablo de eso: “No tengas miedo de la adversidad, porque eso te hará más fuerte”. Después de haber sufrido, se vive más intensamente, con más agradecimiento. La vida es amor y dolor. Quien sabe de dolor lo sabe todo. Bienvenidas sean las adversidades y los túneles. Me gustan más estos treinta que mis treinta de verdad, porque entonces no me sentía tan independiente, libre y madura como ahora.

M. J.—Y es muy importante no sentir odio ni rencor.

I.—A mis hijos les digo: “Si no perdonas tú, cargas con la mochila del otro, que es el que está mal”. Quien está bien, no quiere hacer daño a los demás.

Irene Villa y su madre, María Jesús González HOLA 4028©TeleMadrid
En 1991, momento en el que María Jesús González visita por primera vez desde el atentado a su hija Irene. Se trató de un instante tremendamente emocionante para ambas supervivientes.

 

—Vosotras sufrís todavía secuelas: tornillos que se infectan, etcétera. ¿Es difícil olvidar lo que sucedió? 

M. J.—Pero ¿olvidar qué? ¿El atentado? Es que nunca hemos estado centradas en el atentado. Cuando sucedió, nos centramos primero en curarnos y, luego, en rehacer nuestras vidas. Yo no lo pienso. Y, a veces, cuando lo oigo, es como si no fuera mi historia.

I.—A mí me pasa igual. Hace poco me emocioné mucho porque en una entrevista dije que lo que más echaba de menos era patinar sobre hielo, que era mi pasión, aunque lo suplo con el esquí, y caminar por la arena de la playa. Y de repente, empezaron a salir personas en Instagram diciendo: “Me voy a dar un paseo por la playa, por Irene Villa” y se hizo viral. Fue superbonito.

Irene: “Después de haber sufrido, se vive más intensamente, con más agradecimiento. La vida es amor y dolor. Bienvenidas sean las adversidades y los túneles”

—Es que muchas veces no valoramos lo que tenemos. Lo damos por hecho. 

I.—Esa sensación, la de caminar por la arena, yo nunca la voy a tener. Y recuerdo que molaba. Pero nos centramos más en lo que podemos hacer que en lo que no. Yo me siento con mis hijos en la arena y me pongo a hacer castillos, y hacemos un pozo y me meto dentro, y parece que tengo medio cuerpo enterrado, pero son solo unos centímetros… [Risas]. Parece que han tenido que cavar mucho y, en realidad, han cavado poquísimo.

—Y la gente flipa, supongo. 

I.—Y mucha gente me reconoce por eso, no hay tanta gente sin piernas por la playa. Dejo las piernas en la hamaca, con la llave Allen, me voy al agua y luego ya me quito la arena, porque si se mete entre la silicona y el muñón, la sensación es horrible. La logística es un poco complicada.

Irene Villa y su madre, María Jesús González HOLA 4028©Fernando Junco

 

—¿Qué es lo mejor que os ha pasado en estos treinta años?

I.—Mis hijos. No se puede comparar con nada. Mira que he tenido premios, reconocimientos, las presentaciones de mis libros, el cariño de la gente, que me dice unas cosas, y aventuras, viajes, experiencias…, pero nada se compara al amor de mis tres hijos. Por eso, aunque todavía no haya llegado el amor de mi vida, siempre digo: “Qué más puedo pedir si tengo tres amores de mi vida”. El otro amor llegará, tampoco tengo prisa, porque soy muy disfrutona y me siento muy libre. Después de un divorcio, ese gran duelo, pienso que, más que perder, te ganas a ti. Cuando estás en pareja, a veces, dejas de ser tú misma. Y, además, las mujeres muchas veces nos exigimos demasiado a nosotras mismas. Nos autoboicoteamos.

 

—Y tú, María Jesús, eres una mujer de grandes planes e ilusiones.

M. J.—Tengo una vida muy completa. Unos amigos maravillosos, mucha gente que me quiere y estoy feliz. Lo mejor de estos últimos treinta años de mi vida ha sido ver tu evolución, hija. Se dice que el mayor dolor de un niño enfermo es el de su madre.

I.—Yo, cuando fui madre comprendí a mi padre cuando, al ver lo que me había ocurrido, dijo: “Mejor que no esté aquí”. A mí me dicen que un hijo mío no tiene piernas, no tiene manos, tiene la cara destrozada, y yo no sé… Ahora que sé lo que sé, sí, pero mi padre en su ignorancia dijo: “Para que sea un trozo de carne, mejor que se vaya al cielo”. Había visto la película Johnny cogió su fusil, que le había traumatizado mucho.

“No sé si me gustaría volver a casarme. Ahora mismo estoy en un momento tan libre y me siento tan plena y feliz… Pero sí, creo que algún día voy a conectar con alguien profundamente. Lo mejor está por venir”

—¿Cómo vais a celebrar este aniversario? 

I.—Habrá que hacer una fiesta, claro. Cae en domingo y tengo una conferencia por la mañana. Pero, por la tarde, haremos algo; a lo mejor, una paella con mi padre.

M. J.—Antes nos hacían regalos, ahora, hace tiempo que no nos regalan nada… A ver si este año cae algo.

I.—Pero lo celebramos todos los años, con tarta y cantando el cumpleaños feliz.

—¿Te gustaría volver a casarte, Irene? 

—No lo sé, ahora mismo estoy en un momento tan libre y me siento tan plena y tan feliz. Pero sí creo que algún día voy a conectar con alguien profundamente. Completamente. Lo mejor está por venir.

—¿Y tú, María Jesús, volverías a casarte? 

M. J.—Yo no. “Santo Tomás, una vez y nada más”. Yo estoy muy bien, muy tranquila, feliz y libre. No para nadie, sino para mí misma. Y disfruto mucho de esto.

I.—Yo creo que, a veces, las parejas se rompen porque entre ellas hay una relación de dependencia emocional. Por eso ahora que me siento tan libre, sola, tan autosuficiente, estoy segura de que va a llegar a mi vida alguien especial.

Irene Villa y su madre, María Jesús González HOLA 4028©Fernando Junco
“Lo mejor de estos últimos treinta años de mi vida ha sido ver tu evolución, hija”, confiesa María Jesús a Irene. “Se dice que el mayor dolor de un niño enfermo es el de su madre”, finaliza.

 

—Tus niños, Irene, ¿saben lo que pasó? ¿Cómo lo han asimilado?

I.—Lo llevan fenomenal, saben lo que pasó, desde pequeñitos se lo hemos contado a los tres. Hace unos días, en Soria, estuvieron en una conferencia mía, muy atentos y alucinando con la vida de su madre. Lo saben todo, yo no les he ocultado nada nunca.

M. J.—Y mi nieto Carlos, con nueve años, que lo pregunta todo, y yo no le voy a mentir, claro, el otro día me preguntó que cómo se hacían los niños…

—Ojalá nunca vuelva a ocurrir nada como esto. 

I.—El diecisiete nosotras cumplimos treinta años, y tres días después, que es Santa Irene, se cumplen diez años desde que ETA anunció que dejaba de matar. Y, además, coincidió con que me quedé embarazada por primera vez. Se cerró el círculo, de la forma más bonita. Ahora, treinta años después, qué pasará… Lo mejor está por venir.


Texto: Mamen Sánchez

Fotos: Fernando Junco

Estilismo: María Parra

Ayudante de Estilismo: Mariló López Rey

Maquillaje y peluquería: Valentina

LOOK 1: IRENE: VESTIDO DE TERIA YABAR/JOYAS DE DAVID LOCCO/ZAPATOS DE PRETTY BALLERINAS. MARÍA JESÚS: VESTIDO DE TERIA YABAR/JOYAS DE DAVID LOCCO

LOOK 2: IRENE: VESTIDO DE NÜMPH/ZAPATOS DE PRETTY BALLERINAS/PENDIENTES Y PULSERA DE ZARA/ANILLO DE DAVID LOCCO/MARÍA JESÚS: VESTIDO DE ALBA CONDE.

LOOK 3: IRENE Y MARÍA JESÚS: ABRIGOS DE MALIPARMI

LOOK 4: IRENE: VESTIDO DE ALBA CONDE/ZAPATOS DE PRETTY BALLERINAS/JOYAS DE ZARA/ANILLO DE DAVID LOCCO. MARÍA JESÚS: VESTIDO DE MARINA RINALDI/PENDIENTES DE ZARA