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(Italia)

Nápoles: la seducción del Sur

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Vista nocturna de la bahía de Nápoles desde la Merguellina.

En la Plaza del Plebiscito está la iglesia de S. Francisco de Paula.

Algo debió sentir la sirena Parténope, hija de Caliope y el río Aqueloo, cuando, condenada por los dioses por no haber podido seducir a Ulises con su mágico canto, vino a morir a estas costas. Poco importa que el mito sea sólo eso, un mito, lo más hermoso es que la vieja Nápoles, tantas veces maltratada e incomprendida por el devenir de su propia historia, tiene un personal encanto que merece la pena descubrir.
Una vez traspasada esa línea imaginaria que representa Roma, el viajero que llega a Nápoles tiene enseguida la sensación de haber penetrado en una Italia diferente. Es el Sur, tierra tan fascinante como contradictoria, punto mágico en el horizonte hacia el cual volvieron sus ojos artistas como Goethe, Stendhal u Oscar Wilde.

Desde que griegos y romanos recalaran en esta tierra, quizá no exista en Italia otra ciudad en la que se hayan dejado sentir con tanta fuerza las sucesivas dominaciones y culturas. Y para dar fe de ello sus más regios protagonistas están inmortalizados en la imponente fachada del Palacio Real, edificio construido en el siglo XVII por el arquitecto Doménico Fontana y situado en la emblemática Plaza del Plebiscito. Justo enfrente del Palacio y cerrando la Plaza del Plebiscito por su lado oeste, como si fuera el telón de fondo de un inmenso escenario, se alza la iglesia de San Francisco de Paula, un solemne edificio neoclásico inspirado en el Panteón de Roma. En ella, y como dato curioso, el pueblo napolitano dio su último adiós a uno de sus hijos más universales: el ya mítico Enrico Caruso.

Prohibida su reproducción total o parcial. ©2006 Hola, S.A.

  

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