Hoy, las historias de amor trascienden lo tradicional para dar vida a bodas y celebraciones completamente personalizadas, capaces de reflejar las raíces, la esencia y el estilo de cada pareja. Al final, las celebraciones más memorables son aquellas que logran contar una historia que va mucho más allá de sus protagonistas.
Con eso en mente, Alana y Dara eligieron la imponente Hacienda Santa Mónica —una hacienda del siglo XVI en el Valle de México— como su musa y lienzo para crear junto al reconocido wedding planner, Juan Pablo Partida, una boda donde el barroco de los senderos empedrados y los arcos cuidadosamente preservados se fundieron con alcatraces blancos, etéreos paneles de tela de caída hasta el suelo, mesas curvas e iluminación cálida.
Esta boda reunió a familias con raíces persas, mexicanas y estadounidenses en una celebración donde distintas culturas encontraron un mismo lenguaje. México no fue únicamente el lugar elegido para casarse, sino la inspiración detrás de un concepto creativo que convirtió la diversidad, la historia y el diseño en el hilo conductor de toda la experiencia.
Lejos de recurrir a una interpretación tradicional de México, el concepto creativo buscó capturar aquello que hace del país un punto de encuentro para culturas de todo el mundo. Un lugar donde conviven historia, arte, arquitectura, tradición y una constante evolución cultural.
Por su parte, la ceremonia se llevó a cabo al aire libre con un pasillo hacia el altar delineado con alcatraces, bancas de madera hechas a la medida y bajo el arco formado por grandes telas blancas, una mesa que albergó elementos simbólicos de la ceremonia persa —como miel y azúcar—, cada uno con un significado ancestral propio.
Con una arquitectura barroca llena de historia, jardines escondidos entre antiguas murallas y espacios que parecen existir fuera del tiempo, cada rincón ofreció una oportunidad para construir una experiencia inmersiva, donde el escenario no fuera únicamente el lugar de la celebración, sino uno de sus principales protagonistas.
Cada elemento fue pensado para dialogar con la arquitectura de la hacienda. Para la recepción, las mesas curvas sustituyeron los montajes tradicionales para favorecer la conversación y transformar por completo la geometría del espacio.
Los candelabros de apariencia derretida, la iluminación cálida y los arreglos florales de composición libre aportaron movimiento y textura, creando una atmósfera etérea que contrastaba con la piedra y el carácter barroco del espacio. Los contrastes entre luces y sombras hicieron que los asistentes se transportaran a otro siglo, logrando por completo el objetivo.
Más allá de la estética, la boda fue creada para que cada invitado viviera una experiencia. Personas provenientes de distintas partes del mundo se reunieron en la Ciudad de México para compartir tradiciones, descubrir una nueva cultura y celebrar alrededor de una misma mesa.















