La Ciudad de México tiene esa capacidad única de entrelazar tiempos. Allí, el presente convive con la historia sin pedir permiso. Y la llegada del 2026 lo demostró una vez más con la visita de Ferdinand de Habsburgo, piloto internacional y heredero de la Casa de Habsburgo-Lorena, una de las dinastías más poderosas que ha conocido Europa.
Para ti que te gusta
Este contenido es exclusivo para la comunidad de lectores de ¡HOLA!
Para disfrutar de 5 contenidos gratis cada mes debes navegar registrado.
Este contenido es solo para suscriptores.
Suscríbete ahora para seguir leyendo.Este contenido es solo para suscriptores.
Suscríbete ahora para seguir leyendo.TIENES ACCESO A 5 CONTENIDOS DE
Recuerda navegar siempre con tu sesión iniciada.
Entre fotografías casuales con amigos como Pablo de la Gala y Marco Julio Sánchez Castro, de Sinaloa, y paseos por algunos de los rincones más emblemáticos de la capital mexicana, hubo dos paradas que transformaron su viaje en algo profundamente simbólico: la Basílica de Guadalupe, corazón espiritual del país, y el Castillo de Chapultepec, residencia del emperador Maximiliano de Habsburgo, su antepasado.
Para Ferdinand, este no fue un recorrido turístico más. Fue, sin saberlo, un regreso a los escenarios donde su propia historia familiar se cruzó con la de México.
Más que un piloto: el heredero de una casa real histórica
Aunque Austria es hoy una república y los títulos nobiliarios ya no tienen reconocimiento legal, en el universo de la genealogía europea hay linajes que conservan un peso simbólico enorme. Y el de los Habsburgo es, sin duda, uno de ellos.
Actualmente, la jefatura de la Casa de Habsburgo-Lorena corresponde a Carlos de Habsburgo, pero su hijo mayor, Ferdinand, es considerado el heredero aparente de la dinastía: la figura llamada a representar en el futuro a una familia que gobernó vastos territorios de Europa durante más de seis siglos.
Por eso, cada aparición pública de Ferdinand va más allá del deporte. No es solo un piloto exitoso: es la cara contemporánea de una herencia imperial que sigue despertando fascinación en todo el mundo.
Y que ese heredero haya elegido México —el único país de América que tuvo un emperador Habsburgo— como destino, convierte su visita en una escena cargada de significado.
La herencia materna: una de las grandes sagas culturales de Europa
Si por el lado paterno Ferdinand de Habsburgo encarna la continuidad de una de las dinastías imperiales más influyentes de la historia, por el lado materno lleva otra herencia igual de poderosa, aunque en un terreno distinto: el del arte y la cultura europea.
Su madre, Francesca Thyssen-Bornemisza, pertenece a la legendaria familia de mecenas que dio origen a una de las colecciones privadas más importantes del mundo, hoy convertida en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid. Hija del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, Francesca creció rodeada de obras maestras y de un universo donde la estética, la conservación del patrimonio y la diplomacia cultural forman parte de la vida cotidiana.
Así, Ferdinand no solo es heredero de una casa real histórica, sino también de una tradición artística que ha marcado el pulso cultural de Europa durante décadas. Una combinación poco común: sangre imperial por un lado, legado de grandes coleccionistas por el otro.
Habsburgo: un apellido que pesa… y una vida que acelera
Nacido en Salzburgo en 1997, Ferdinand Zvonimir Habsburg-Lothringen creció rodeado de historia, pero decidió forjar su identidad lejos de los palacios. Lo hizo en las pistas.
Tras iniciarse en el automovilismo europeo, pasar por la exigente DTM alemana y consolidarse en las carreras de resistencia, Ferdinand alcanzó uno de los grandes éxitos: ganar las 24 Horas de Le Mans en la categoría LMP2 y proclamarse campeón del FIA World Endurance Championship. Hoy, ligado a proyectos de alto perfil como Alpine, representa esa mezcla perfecta entre tradición y modernidad.
Es, en muchos sentidos, el Habsburgo del siglo XXI: competitivo, cercano, activo en redes sociales y con una narrativa personal que se construye tanto en los circuitos como en los viajes.
La Basílica de Guadalupe: un gesto íntimo en tierra ajena
Entre compromisos deportivos y agendas internacionales, Ferdinand se regaló un momento al acercarse el fin de año para visitar México, y especialmente la Basílica de Santa María de Guadalupe. Allí, lejos del ruido mediático, vivió una experiencia profundamente personal.
Para millones de mexicanos, ese santuario es sinónimo de identidad, fe y pertenencia. Para un visitante europeo, representa además una inmersión en la espiritualidad de un país que ha sabido convertir la devoción en cultura viva.
Ese contraste —un heredero de dinastía imperial en el corazón de la religiosidad popular— es una de las imágenes más poderosas de su paso por México.
El Castillo de Chapultepec, donde la historia familiar se vuelve real
Si la Basílica tocó la emoción, Chapultepec tocó la memoria.
En ese edificio, hoy convertido en el Museo Nacional de Historia, vivieron Maximiliano de Habsburgo y la emperatriz Carlota durante el Segundo Imperio Mexicano. Maximiliano llegó en 1864, con la ilusión de construir un proyecto moderno para el país. Transformó el castillo en residencia imperial, remodeló el Alcázar y trazó la avenida que hoy conocemos como Paseo de la Reforma, inspirada en los grandes bulevares europeos.
Pero su historia tuvo un final trágico: fue fusilado en Querétaro en 1867, cerrando uno de los capítulos más intensos del siglo XIX mexicano.
Hoy, más de 150 años después, que un descendiente directo de su familia recorra esos mismos pasillos convierte el lugar en algo más que un museo: lo transforma en un puente entre siglos.
El parentesco que une a Ferdinand con Maximiliano
Aunque Maximiliano no dejó descendencia, sí pertenecía al tronco principal de la Casa de Habsburgo-Lorena. Su hermano menor, el archiduque Karl Ludwig, fue quien continuó la línea familiar que llegaría, generaciones más tarde, hasta Carlos I de Austria, último emperador austrohúngaro.
De esa misma rama descienden Otto von Habsburg, figura clave de la Europa del siglo XX, y posteriormente Karl von Habsburg, padre de Ferdinand.
En términos genealógicos, esto convierte a Maximiliano en tío abuelo en varias generaciones de Ferdinand: el hermano del tatarabuelo de su línea directa. No son solo personajes que comparten apellido; son familia, unidos por la misma sangre imperial.
Un heredero que escribe su propia historia
Ver a Ferdinand de Habsburgo caminar por Chapultepec no tiene nada de solemne. No hay carruajes ni protocolos, sino tenis, sonrisas y fotografías casuales. Y, sin embargo, el simbolismo está ahí: el heredero de una de las casas reales más influyentes de Europa recorriendo el lugar donde su antepasado fue emperador.
En tiempos donde la realeza sigue fascinando, Ferdinand representa una nueva manera de portar un legado: sin tronos, sin coronas, pero con una historia que pesa y que inevitablemente acompaña cada paso.
México, escenario de una realeza contemporánea
Su visita dejó claro algo: la historia no solo se guarda en los libros. Vive en los lugares, en los apellidos y, a veces, en los viajes inesperados.
Que el heredero de la Casa de Habsburgo haya elegido México como destino personal no es una anécdota menor. Es un gesto que conecta pasado y presente, Europa y América, imperio y república.
El paso de Ferdinand por México no fue solo la llegada de un piloto famoso, ni la de un heredero ilustre. Fue la de alguien que encarna, en una sola figura, el legado del poder y la herencia de la belleza. Y que, al recorrer Chapultepec y la Basílica de Guadalupe, nos recordó que la verdadera realeza radica en la manera en que cada quien honra su historia.
