En un mundo obsesionado con bebidas heladas, smoothies y cafés fríos, hay un hábito que parece conquistar el mundo de wellness: tomar agua caliente a lo largo del día. Aunque es un hábito que puede parecer extraño y poco atractivo, la realidad es que esta práctica está ligada al bienestar, especialmente en tradiciones orientales como la ayurveda y la medicina tradicional china.
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Hoy, tomar agua caliente es una costumbre que vuelve a ganar popularidad, no como una tendencia pasajera, sino como un gesto consciente hacia la salud integral.
Los antecedentes de esta práctica
En la ayurveda, el sistema de medicina tradicional originario de la India, el agua caliente es vista como una herramienta clave para mantener el equilibrio del cuerpo. Según esta filosofía, beber agua tibia o caliente ayuda a estimular el agni, es decir, el fuego digestivo, responsable de procesar no sólo los alimentos, sino las emociones y la energía vital. Cuando el agni está fuerte, el cuerpo funciona mejor; cuando se debilita —por estrés, mala alimentación o excesos— aparecen la inflamación, un sentimiento de pesadez y el desequilibrio.
A la par, está asociada con la cultura china, pues se cree que el agua caliente también equilibra el Ying y el Yang, a diferencia del agua fría que se cree que provoca un desequilibrio en el Yang.
Los principales beneficios de tomar agua caliente
Uno de los principales beneficios del agua caliente es su impacto en la digestión. A diferencia del agua fría, que puede “apagar” el proceso digestivo y dejar un sentimiento de pesadez, el agua caliente ayuda a relajar el tracto gastrointestinal, para favorecer el movimiento intestinal y reduce la sensación de hinchazón. Es por eso, en muchas culturas asiáticas se recomienda beberla por la mañana, en ayunas, como una forma suave de despertar el cuerpo.
Otro punto clave es su efecto desintoxicante. El agua caliente eleva la temperatura corporal, lo que estimula la sudoración y ayuda que el cuerpo elimine toxinas de forma natural. No se trata de una “desintoxicación milagro”, sino de apoyar los procesos naturales del organismo, especialmente el hígado y los riñones.
A esta práctica también se le atribuyen beneficios para la circulación, pues el calor ayuda a dilatar los vasos sanguíneos, facilitando así el flujo de la sangre y reduciendo tensiones musculares. Por eso, muchas personas notan una sensación inmediata de calma y relajación al beber agua caliente, algo que va más allá de lo físico y se conecta con el bienestar emocional.
En climas fríos o estaciones invernales, este hábito cobra aún más sentido. Mientras las bebidas heladas pueden generar rigidez o incomodidad, el agua caliente actúa como un abrazo interno, uno que reconforta, hidrata y aporta equilibrio. Incluso para la piel, una hidratación constante con agua tibia puede ayudar a mantenerla más luminosa, ya que mejora la absorción de líquidos y apoya la eliminación de impurezas.
Desde la perspectiva oriental, beber agua caliente no es solo un acto físico, sino un ritual de presencia. Es una pausa consciente, un recordatorio de escuchar al cuerpo y atender sus necesidades reales. No se trata de eliminar otras bebidas, sino de integrar este hábito como un gesto cotidiano de autocuidado.
En tiempos donde el bienestar se ha vuelto tendencia, volver a prácticas simples y ancestrales como esta nos recuerda que muchas respuestas no están en lo nuevo, sino en lo que ha funcionado durante siglos. Tomar agua caliente no promete transformaciones inmediatas, pero sí algo más valioso: constancia, equilibrio y una relación más consciente con el cuerpo.
