Hay colecciones que se muestran y hay colecciones que se sienten. La de Givenchy Otoño-Invierno 2026, presentada el pasado 6 de marzo en el día cinco de Paris Fashion Week, pertenece sin reservas a la segunda categoría. Sarah Burton —la diseñadora que durante décadas fue mano derecha y sucesora de Lee Alexander McQueen— lleva apenas un año al frente de la maison fundada por Hubert de Givenchy, y con esta tercera entrega ha dejado claro que no llegó a administrar un legado, sino a reescribirlo. La sede elegida —una estructura blanca construida expresamente en Les Invalides, el monumental complejo que alberga la tumba de Napoleón— ya anticipaba la magnitud de la propuesta. El escenario funcionaba como un zoótropo gigante: la pasarela serpenteaba entre muros curvos que ocultaban a cada modelo hasta el último instante, convirtiendo cada salida en una revelación cinematográfica.
Sastrería con alma — la columna vertebral de la colección
Si algo ha quedado claro en las tres temporadas de Burton al frente de Givenchy es que la sastrería no es un recurso más en su vocabulario; es su lengua materna. Los trajes de doble botonadura con cintura marcada y peplum —uno de los cuales ya había usado Timothée Chalamet en los Critics Choice Awards— convivieron con blazers de hombros amplios, pantalones de pinzas con cinturón y abrigos masculinos que Eva Herzigová llevó con una actitud que casi te empujaba desde primera fila. Pero Burton entiende que la arquitectura sin emoción es solo ingeniería. Por eso, cada pieza estructurada encontraba su contraparte en algo fluido: blusas con caída, capas de satén verde esmeralda, vestidos lenceros cortados al sesgo. La tensión entre disciplina y fluidez fue el hilo conductor de toda la propuesta.
Joyas statement — el regreso del drama aristocrático
Si la sastrería fue la columna vertebral, las joyas fueron el latido. Burton apostó por piezas monumentales que enmarcaban el rostro como en un retrato del Siglo de Oro holandés: collares tipo gorguera, aretes colgantes con gemas en tonos joya —zafiro, granate, esmeralda— y accesorios escultóricos que daban a ciertos looks un aura de nobleza contemporánea. No se trata de bisutería de pasarela; se trata de joyería con intención narrativa. Cada pieza dialogaba con la pintura de los grandes maestros que inspiró la paleta de la colección: los tonos profundos de Velázquez, la precisión de los retratos del Siglo de Oro holandés. El top de cristales que se viralizó cuando Jenna Ortega lo llevó a los Emmy 2025 reapareció en una nueva versión que, según confirmó la propia Burton, ya tiene comprador en lista de espera.
La paleta de los viejos maestros — del negro al dorado
Burton construyó su propuesta cromática desde la sobriedad del negro y los grises hacia estallidos puntuales de color saturado. El azul zafiro iluminó vestidos de terciopelo, zapatos texturizados, abrigos largos y bolsos de piel. El amarillo limón protagonizó vestidos midi y maxi, tacones con moño y guantes de cuero. El rojo cereza acentuó tocados, vestidos de cuello alto y blusas drapeadas. El animal print —concretamente, el leopardo— se incorporó como motivo recurrente en vestidos strapless, abrigos de pelo sintético y bralettes de cuello cuadrado. Los encajes aportaron riqueza textural al eveningwear, desde un minivestido blanco de mangas abullonadas hasta un maxivestido negro con escote profundo. Y entre los hallazgos más personales, Burton rescató un jacquard amarillo de una colección de Givenchy firmada por McQueen: un gesto íntimo que conectaba su pasado y su presente.
Las Shark Lock Boots regresan
Uno de los momentos que más entusiasmo generó fue el regreso de las icónicas Shark Lock Boots —también conocidas como Knife Boots—, el diseño que Givenchy lanzó a principios de la década de 2010 y que se convirtió en objeto de culto. Burton las reinventó en versión thigh-high con herrajes plateados o dorados en la zona del muslo, manteniendo el diseño plegable y el tacón oculto que las hicieron célebres.
El front row — una primera fila de coleccionista
Si la colección convenció dentro de la pasarela, el front row confirmó el magnetismo que Burton ha construido para Givenchy en apenas tres temporadas. Rooney Mara —musa de Burton y protagonista de la campaña Resort 2026 de la maison— llegó sin nada bajo un traje de raya diplomática negra, en uno de los momentos de estilo más comentados de la semana. Elizabeth Olsen apostó por un blazer gris sobredimensionado de hombros arquitectónicos, pantalones de piel y un bolso Givenchy con herraje dorado: power dressing en estado puro. Alexa Chung y Diane Kruger completaron una primera fila que era, en sí misma, una declaración de principios sobre la mujer que Burton imagina para Givenchy: compleja, multifacética, irreductible a un solo arquetipo.
La mujer como colectivo — el manifiesto de Burton
En las notas del desfile, Burton planteó una pregunta que trasciende la moda: “¿Cómo nos reconstruimos en el mundo en el que vivimos?”. La diseñadora no pretende que la ropa sane un mundo fracturado, pero sí cree que la belleza —como el arte— puede ofrecer una forma de consuelo. Su visión de la feminidad rechaza el arquetipo único. Como declaró en una entrevista con The Financial Times: a menudo, lo primero que le preguntan a una diseñadora es quién es “su” mujer, como si las mujeres fueran una sola cosa. Burton las ve como un colectivo. Unas salidas eran severas y autoritarias; otras, románticas y fluidas; otras más, audazmente experimentales en textura y proporción. La colección no propuso una mujer Givenchy; propuso todas las mujeres Givenchy posibles. Con apenas tres colecciones, Sarah Burton ha devuelto a Givenchy algo que la maison necesitaba urgentemente: una identidad clara, arraigada en la artesanía, la precisión y la inteligencia emocional. Esta es, sin discusión, su mejor colección hasta la fecha. Y el lujo —el verdadero, el que se mide en intención y oficio— ha vuelto a casa.


















