Mick, te llamaré la próxima vez / 2

Flavia Mayoral en esta segunda entrega sigue descubriendo los secretos del valle del Loira, pero esta vez, a vista de pájaro. Subida a un globo acompaña los suaves meandros del río y sobrevuela el castillo de Mick Jagger, para detenerse después en Tours y acabar tan delicioso periplo contemplando, perpleja, la majestuosa catedral de Chartres.

by hola.com Como ayer os contaba, el paseo por el bosque del châteaux de Arpentis con el amable joven acabó en… ¡qué os puedo decir!... Mejor lo dejaré para otra ocasión, que una empieza con estos temas y acaba contando sus intimidades... Eso sí, la noche fue corta. Que cada una piense lo que quiera, pero bien es verdad que en mi temprano despertar mucho ha tenido que ver la experiencia única que me tenían reservada al amanecer: un viaje en globo para contemplar las mejores y más espectaculares imágenes del valle del Loira.

Era una de esas cosas que, yo no sé vosotras, siempre había pensado que no me atrevería a hacer, pero dejé atrás los vértigos y temores que me habían paralizado hasta ahora y allá que me embarqué. Y es más, dispuesta como estaba me lancé a colaborar para que el descomunal globo en el que iba a vivir la última de mis aventuras empezará a levantar el vuelo... ¡Ya ni me reconozco!

Fue subir la cesta dos metros del suelo y decirme: aquí paz y después gloria. Y, oye, así fue. Primero una sensación de paz difícil de explicar, después un silencio, al que a mí, urbanita de postín, ni me han presentado; y luego, claro, llegó la gloria transformada en panorámicas para no olvidar: la curiosa pagoda de Chanteloup, que se alza a 44 metros del suelo desde un pacífico lago semicircular en el idílico bosque de Amboise; los chateaux de Amboise y de Clos-Lucé que ayer miraba con otros ojos, o al menos, desde otra distancia…, y siempre, el discurrir de este tranquilo y salvaje río que parece no tener fin y que es el Loira.

En esas estaba cuando… ¿qué me dices…? alguien me apunta que el castillo que surge entre la niebla, que hoy ha decidido jugar con el globo al escondite, es de… ¡Mick Jagger! A mí que los Rolling siempre me han hecho tilín, miro, remiro y no quito ojo por si Mick decide decirme adiós desde la ventana, pero… va a ser que no. Qué fallo, se me olvidó avisarle de que hoy iba a pasar por su casa. La próxima vez no dejaré de llamarle para que me invite a un brindis con champán y pastas como el que me tenían reservado a mi llegada a tierra. Sí, lo sé, con él hubiera sido de otra manera... ¡Estas celebrities siempre dando plantón…!

Siguiendo el rastro de las estrellas he llegado hasta Tours y me he colado en el Atelier d’Offard, la fábrica de papel pintado del creativo François-Xavier Richard, que visto mi interés, me ha enseñado algunos de los trabajos realizados aquí para la española Rosa Bernal y me ha dado una primicia: los nuevos diseños de la colección que Hermès va a lanzar para el hogar próximamente y que desde este artesanal taller se están llevando al papel. Es, simplemente, ¡espectacular! No me lo pienso más, el año que viene redecoro mi casa…

Aprovechando que estaba en Tours no quería dejar de pasar por su encantadora plaza de Plumereau, con sus singulares casas del siglo XV y animada por sus terrazas repletas de jóvenes universitarios, pero, sobre todo, ni dejar de probar las creaciones del también joven Olivier Arlot, que con sólo 29 años es uno de los chef con más futuro en el panorama gastronómico francés. Me ha gustado la coqueta sala de piedra y madera de su pequeño restaurante del centro de la ciudad, pero sobre todo el acierto de su atractiva, creativa e inspiradora cocina. Volveré, y aunque no pueda deleitarme nuevamente con el exquisito bacalao que hoy me ha encandilado, juro que volveré.

Una parada en el descomunal castillo de Chateandun y rumbo a Chartres, donde me esperaban dos espectáculos que por nada del mundo me quería perder: al anochecer, el de luz y sonido que decora algunos de sus edificios más singulares, especialmente en la fachada de la majestuosa catedral gótica en los meses de verano; y, un poco antes, la fantasía que el gran chef Laurent Clement otorga a los platos del restaurante de Le Grand Monarque.

Pedí la carta de vino, pero hojeé y hojeé y no parecía acabar nunca… hasta que lo entendí al bajar a la bodega y contemplar las más de 35.000 botellas de vino y 1.800 marcas francesas que se esconden en ella. Para otra ocasión elegiré el Romanee Conti de 2005 al que le había echado el ojo desde el principio, los 4.500 euros me vendrán al dedo para ponerme al día esta temporada.

Empeñada como estoy a seguir la estela de las estrellas, sé que tal vez nunca pueda tener nunca en propiedad un chateaux de esos de que se asoman al Loira y en el que Mick me espera…, pero, voy cumpliendo sueños, porque ni una se topa todos los días con una de esas grandes obras que desde niño sólo ha visto en los libros de arte ni come todos los días en un restaurante francés con estrella Michelín. Y eso en Chartres, desde donde hoy escribo, ya lo he cumplido. A ver qué se me ocurre mañana, que a mí eso de dibujar castillos en el aire, me gusta a rabiar.

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