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Qué hacer si mi hijo tiene 18 años, pero sigue siendo un adolescente

Es lo que se conoce como 'adolescencia tardía' y, en muchos casos, preocupa a los padres. Os explicamos cómo abordar la convivencia con esos pequeños adultos que continúan en casa de los padres

por Ana Caaveiro

A ojos de la ley, en cuanto un adolescente cumple los 18 años se convierte en un adulto. La mayoría de edad trae consigo muchas responsabilidades, pero también diversos cambios. Por poner algún ejemplo, a partir de entonces, pueden acudir a las urnas, y muchos iniciarán una nueva etapa educativa o laboral, que sentará la primera piedra de lo que será su futuro. Sin embargo, lejos de lo que solemos imaginar, por mucho que en su carnet de identidad se refleje que ha soplado 18 velas, la mayoría se sigue comportando como un auténtico adolescente. Se trata de lo que se conoce como ‘adolescencia tardía’, según nos explica Lola Álvarez, autora de ¿Pero qué te pasa? (Editorial Planeta), y en nuestro país es de lo más común.

El ‘problema’ radica en que la gran mayoría de esos jóvenes adultos siguen bajo el mismo techo que sus padres. Lo que en muchas ocasiones puede suponer una fuente de conflicto familiar. ¿Cómo abordar esta nueva etapa de la mejor manera posible? ¿Deberían ponerse límites? La pedagoga nos lo cuenta.

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Pequeños adultos sin vistas de emanciparse

La autora del libro recalca que la adolescencia tardía es algo habitual tanto en España como en otros países del sur de Europa. Hablamos de jóvenes que contemplan las responsabilidades (como, por ejemplo, ganar su propio dinero para vivir), como algo lejano. Y a ello también se une una situación laboral y socioeconómica que no favorece en absoluto su incorporación, con un salario digno, al mercado laboral.

Sin embargo, Lola Álvarez destaca que esta situación no sólo se puede achacar a las circunstancias actuales, sino también a la propia familia. “Esto es el resultado de una estructura social y familiar con valores que promueven el retener a los hijos en el hogar cuando, con frecuencia, ya son capaces de valerse por sí mismos”, detalla.

Es decir, que, a pesar de que, desde los 17 a los 23 años, les consideramos personas adultas, en la práctica, los padres no lo ven así, y se resisten a dejarles marchar.

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El miedo a dejarles volar

En efecto, la mayoría de veces, se acusa a los jóvenes de no querer irse de casa, cuando son los propios padres los que lo propician.

Si no hay cambios en el entorno que les rodea, si no hay unas expectativas por parte de los padres de que algo sea diferente y asuma nuevas responsabilidades, ese comportamiento del adolescente tardío no tiene por qué cambiar”, explica.

En algunos casos, nos comenta, claro que tienen deseos de independencia, pero son los propios padres quienes se empeñan en convencerle de lo contrario, de que no va a saber valerse por sí mismo. “Hay progenitores que quieren saberse necesitados porque eso les da un control sobre la vida de los hijos, una dinámica que suele ser contraproducente y en muchos casos, nociva”, asevera.

Por este mismo motivo, los psicólogos Ernesto López y Jesús Paños, nos dan algunos consejos para evitar esta conducta sobreprotectora:

  • No interferir en lo que pueden hacer por ellos mismos. La mayoría de las veces, ellos son capaces de llevar a cabo muchas tareas sin ayuda de sus padres.
  • Fomentar que elijan y decidan. Con el paso de los años, deben darse cuenta de que la vida está llena de decisiones, y cada una de ellas tiene unas consecuencias a las que tendrán que atenerse. Ellos deben asumir sus errores y la culpa derivada de sus actos.
  • Favorecer que adquieran perspectiva, siendo abiertos y críticos.

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La primera ‘regla de oro’: establecer límites y normas

Según la Encuesta Continua de Hogares (ECH) del Instituto Nacional de Estadística (INE), más de la mitad de los jóvenes hasta los 29 años sigue viviendo con sus padres. Así que es lógico que uno de los aspectos más conflictivos sea la convivencia.

“Los problemas en casa suelen estar relacionados con cómo asumir los cambios que trae la adolescencia y cómo gestionar la independencia y responsabilidades que conlleva”, resalta Lola Álvarez, quien afirma que la relación entre padres e hijos se fragua en la primera infancia. Por tanto, la convivencia positiva se logra, entendiendo los cambios que atraviesa ese joven y adaptándose a ellos.

Aunque la manera de hacerlo depende de cada familia, lo lógico es que los padres sienten los límites en el hogar familiar, los cuales deberían ser respetados por todos los que vivan bajo ese techo.

Esto no quiere decir que no pueda haber negociaciones ni que el adolescente tardío no pueda asumir ciertas responsabilidades, desempeñando tareas propias de adultos o incluso contribuyendo económicamente si es necesario. La pedagoga nos pone un ejemplo, "en un hogar con medios económicos limitados, el joven de veintiún años puede estar ganando un sueldo para luego gastárselo íntegro en ropa o en salir de juerga, como si la situación económica familiar que le rodea no fuera con él. Hay que enseñarles que entrar en el mundo de los adultos tiene ventajas, pero también tiene responsabilidades".

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Llegar a acuerdos y aceptar el papel de cada uno

Los hijos se equivocan, y los padres también. Uno de los puntos más importantes para lograr una convivencia pacífica es no ‘escurrir el bulto’ en cuanto se desate un conflicto. Como bien nos recomiendan Ernesto López y Jesús Paños, hay que aceptar con responsabilidad los actos de cada uno, y los padres no deben tomarlo como una prueba de debilidad, ni imaginarse que esto mermará su figura de ‘autoridad’.

Dar un paso al frente es un acto de valentía, y una ‘victoria compartida’ de la familia. Intentar llegar a acuerdos y alcanzar soluciones fomentará y hará más fuerte la relación entre padres e hijos.

Y, en cuando se les muestra que se da importancia a sus necesidades, intereses y aspiraciones, "es más probable que ellos sean más considerados con los nuestros", destaca Ernesto López Méndez. Además, es beneficioso que ellos cooperen activamente en la búsqueda de alternativas de la solución, aumentando su responsabilidad y compromiso.

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¿Qué hacer si se niegan a asumir responsabilidades?

Lo primero que han de tener claro los padres, asiente la experta, es que estas situaciones (la de los jóvenes negándose a asumir responsabilidades) no se dan de forma accidental. “Suelen ser la culminación de una crianza en la que se ha dejado que los hijos no tuvieran que responsabilizarse de nada, ‘rescatándoles’ de todas las situaciones difíciles, lo que han hecho es impedirles aprender el valor de lo que es un logro personal”, opina. De ahí la importancia de aplicar los consejos dados con anterioridad.

Eso sí, ‘amenazarles’ con echarles de casa cree que no servirá de mucho, y su comportamiento se perpetuará en el tiempo. Por ello, si llega un punto en que los padres se sienten desbordados, preocupados por sus hijos y no saben cómo ayudarles, entonces, lo mejor es que soliciten ayuda de un especialista.

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La pandemia les ha afectado de diferentes formas

Las circunstancias actuales, en muchos casos, tampoco han contribuido a consolidar una buena convivencia. La experta nos explica que la pandemia ha afectado de forma diferente a los jóvenes, en función de cuál sea su ‘talón de Aquiles’. “Si tenían una tendencia depresiva, veían la situación con una perspectiva más pesimista, y ello podía hacer que les diera más miedo salir o que se preocuparan en exceso por los abuelos o por mantener normas de higiene obsesivas”.

No obstante, también destaca, que, en algunos casos, fue positivo, puesto que, al tener que pasar más tiempo en casa, pudieron conocer de cerca la faceta profesional de sus padres, viendo los desafíos a los que se enfrentaban a diario.

Algunos, por otro lado, se buscaron un nuevo ‘hobby’ que les servía de distracción y que, de paso, los aislaba de lo que ocurría a su alrededor, y los más sociables se refugiaron en el mundo de las redes, a través de las cuales podían mantener algo que se asemejaba a un contacto en grupo, aunque, incluso en esos casos, era fácil caer en la monotonía.

Sea como fuere, también es necesario ser comprensivos con una situación tan extraordinaria como la que estamos viviendo, intentando comprender que, para ellos, puede ser complicado estar rodeados de tanta incertidumbre.

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