Castigos o consecuencias

Psicología infantil

Si el niño se porta mal, ¿cómo debes actuar?

Reaccionar de forma adecuada cuando el niño se porta mal no es fácil. A su mala conducta le puede seguir un castigo o una consecuencia. ¿Cuáles son las diferencias entre ambos y qué es lo más beneficioso desde el punto de vista educativo?

por Terry Gragera

Castigada sin ver la tele dos semanas", "ya no juegas a la Play en un mes", "te quedas sin móvil hasta la próxima evaluación"... Las repercusiones a la mala conducta del niño no siempre son proporcionadas ni fáciles de cumplir. Pero se pueden seguir unas pautas si queremos que aprenda de la circunstancia y que la situación le sirva más allá del enfado inicial. 

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¿Cuál es la diferencia entre los castigos y las consecuencias?

El escenario ideal es que el niño aprenda de la situación de mal comportamiento para que no se vuelva a repetir. Pero es difícil que suceda así. A menudo se vuelven a dar las mismas circunstancias y los padres o educadores se sienten en la necesidad de ponerles freno y de aplicar alguna respuesta. Esta puede ser en forma de castigo o de consecuencia por los actos. ¿En qué se diferencian?

"Los castigos y las consecuencias son ambos actos que se producen cuando no se cumple con las normas establecidas. Su diferencia radica en que el castigo se impone, es sancionador y el fin es quitar o dar algo que 'perjudica' al menor", explica Sofía Gómez Arenal, psicóloga de Y Psi Hablamos? Psicólogos Online.  Por su parte, "la consecuencia es el fruto natural de no haber cumplido con lo que se debería hacer, de manera que el menor decide por su propia voluntad romper con lo prometido y acepta las consecuencias", detalla.

Cuando se aplica una consecuencia se da la posibilidad al niño de que aprenda de sus propios errores y de que se responsabilice de sus conductas en el presente y en el futuro. Sin embargo, en el castigo, se siente juzgado y no aprende por qué no debe hacer algo, sino solo que no debe hacerlo.

¿Son efectivos los castigos y las consecuencias?

Para que la respuesta al mal comportamiento del niño resulte educativa es básico que se repruebe la conducta y no al niño globalmente. El castigo o la consecuencia serían producto de una mala acción y no una reacción a su personalidad. De lo contrario, puede herirse su autoestima.

Pero, además, tanto el castigo como la consecuencia deben ser proporcionados. Tal como destaca la psicóloga, "la proporción se encuentra en el equilibrio. No se debe dejar llevar por el enfado y amenazar al menor con una consecuencia que nunca se llegará a cumplir, dado que perderá su efecto. Asimismo, no todo tiene la misma consecuencia y debe medirse en base a las posibilidades que tenemos a mano. En cada familia y con cada menor se pueden establecer castigos o consecuencias diferentes, y lo mejor es dejarlos fijados previamente para no sobrepasarse en el momento del fallo".

Imponer consecuencias en lugar de castigos es más complicado, pues exige más paciencia y más tiempo. Sin embargo, entre uno y otro, la especialista lo tiene claro: "Las consecuencias permiten al menor aprender a tomar sus propias decisiones, pudiendo equivocarse y aprender de sus fallos, y siendo consciente siempre de que sus actos tienen consecuencias, algo que le ayudará en su vida adulta en gran medida".

La alternativa de los límites

Si el estilo educativo de la familia no contempla poner castigos o consecuencias ante una conducta inadecuada del niño, hay otras alternativas. No es fácil, pero a largo plazo pueden dar mejor resultado. La especialista de Y Psi Hablamos? recomienda acordar con el niño determinados límites, sabiendo cómo se siente con ellos y cerciorándose de que los entiende. "Hay que ofrecerle alternativas al menor a un comportamiento, explicándole que así será más sencillo hacernos saber que quiere algo, mejor que con una rabieta, por ejemplo. E informarle de lo que sucederá, dejándole incorporar lo aprendido. Lo mejor es poner pocos límites, pero que sean claros y concisos", detalla.

¿Cómo actuar con niños muy pequeños o más mayores?

Para aplicar un castigo o una consecuencia a un niño es necesario que entienda la relación causa-efecto, y esto no suele suceder con los bebés. "A partir de los tres años es posible realizar alguna reprimenda o explicación verbal producto de su comportamiento erróneo. Dependiendo de la edad, el tipo de castigo o consecuencia va variando, pudiendo aplicarse en las diferentes etapas del crecimiento las sanciones, la retirada de privilegios y los reforzadores de la conducta", destaca Sofía Gómez Arenal.

Con respecto a la adolescencia, y aunque sea una etapa muy complicada, es mucho más efectivo educarlos en la reflexión y el análisis de sus actos, razonando sobre las consecuencias que determinados actos pueden tener en su vida. Es una forma de que ganen en autonomía y de que puedan tomar buenas decisiones por sí mismos y no por el miedo a perder una serie de privilegios.

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