Lorenzo Caprile nos cuenta cómo ha vivido la pandemia solo, en un hotel

El modisto abre a ¡HOLA! las puertas de su particular hogar

Lorenzo Caprile

Te quedan x días gratis. Recuerda navegar con tu sesión iniciada.

Te quedan pocas horas gratis. Recuerda navegar con tu sesión iniciada.

Estás en tu periodo de prueba gratuita. Sigue disfrutando de ¡HOLA!+.

HOLA.com, tu revista en internet

Tu período de prueba gratuita en ¡HOLA!+ se ha activado con éxito

Disfruta de todo el contenido totalmente gratis durante 7 días.

Recuerda navegar con tu sesión iniciada.

Ya tienes una suscripción activa.

Recuerda navegar con tu sesión iniciada.

Hace diez años, Lorenzo Caprile se instaló en un hotel NH —un tres estrellas del centro de Madrid— mientras realizaba las obras de su casa. Lo que parecía ser una situación temporal, se convirtió en su residencia permanente, incluso en el confinamiento. El modisto recibe a ¡HOLA! en su propia habitación y nos habla de su particular hogar, su popularidad a raíz de Maestros de la costura y su vida sentimental.

lorenzo caprile©Fernando Junco
El modisto triunfa en la televisión con el programa ‘Maestros de la costura’.

—¿Por qué decidiste mudarte a un hotel?

—Tengo un piso en propiedad muy cerquita, en la calle Campoamor, que, con ese alquiler, me pago el hotel. Hace diez años, vine aquí por la enésima reforma que hice a la casa y, al final, me quedé.

—¿Cuántos metros cuadrados tiene tu cuarto?

—Unos veinte metros. O veinticinco. No más. Tengo unos pocos muebles, pero porque es muy chiquitina mi habitación. También tengo una estantería para libros, que sin ellos no puedo vivir.

—¿Dispones de algún electrodoméstico?

—Ninguno. Ni frigorífico. En un rinconcito de la estantería, guardo fruta, frutos secos, algún queso, fiambre… Realmente, aquí solo vengo para dormir, cambiarme y ducharme. La mayor parte de mi vida está en el taller o fuera.

Lorenzo Caprile©Fernando Junco
Lorenzo nos recibe en la entrada del hotel.

—¿Cómo has vivido aquí la pandemia?

—Muy bien. No sentí peligro durante el confinamiento porque estaba vacío. Al contrario, tenía ganas de charlar con gente. Por eso, me metí en el programa de voluntariado de Cruz Roja

—¿Lo mejor de vivir en una hotel?

—Aunque parezca extraño, es una vida anónima porque pasas totalmente desapercibido. Vives solo y, al mismo tiempo, estás acompañado. Es una situación un poco bipolar, pero me funciona bien.

—¿No llamas la atención saliendo en televisión?

—Aquí paso muy desapercibido. Además, no es un hotel de turista, sino muy de trabajo y de ejecutivo, que pasa una noche o dos. A algunos les suena mi cara, pero la mayoría no sabe ni quién soy.

lorenzo caprile©Fernando Junco
Lorenzo nos comenta que, a pesar de salir en la televisión, en el hotel donde vive pasa muy desapercibido.

—¿Echas en falta algo de una casa normal?

—A veces, me apetece reunirme con amigos u organizar una cena. Para eso están los restaurantes.

—¿Y para una cita más privada o romántica?

—Ojalá (ríe). No tengo pareja. Nunca he tenido. Reconozco que soy una persona muy especial, con una vida muy intensa. Mi pareja, mi familia y mi hijo es mi taller. Todo lo he volcado en mi carrera profesional, que tiene sus pros y sus contras.

—¿Y no ligas más tras salir en televisión?

—Para nada. Al contrario. Me ven inalcanzable, gruñón e impongo… (ríe).

—En los últimos años, has bajado mucho peso.

—Hace diez años, empecé a comer mejor, a hacer deporte…. Ha sido un proceso largo y gradual, aunque el bajón fuerte lo di entre dos mil once y dos mil trece. Antes pesaba ciento veinte kilos y ahora estoy en setenta y siete, que es mi altura.

lorenzo caprile©Fernando Junco

—¿Cómo colaboraste con Cruz Roja?

—Me ayudó Julia Otero, como en otras tantas cosas. Empecé a las dos semanas de confinamiento y estuve los dos meses fuertes repartiendo comida y medicamentos. Pero Cruz Roja me ha ayudado en esos meses más de lo que yo pude ayudar. Fue una terapia. Sigo con ellos, aunque no tan activamente.

—¿Cómo llevas la popularidad a raíz de trabajar en el programa Maestros de la costura?

—Bien. Normalmente, son todo muestras de cariño. Es muy bonito cuando se acercan niños y niñas, con ilusión por coser y construir prendas. O personas que han desempolvado la máquina de coser. Al final, es perderle miedo a un electrodoméstico que, hasta hace poco, y sin importar el nivel social, estaba en todas las casas de España.

“Vine hace diez años por una reforma de mi casa y me quedé. En el confinamiento, no sentí peligro porque el hotel estaba vacío”

—En el programa sueles sacar carácter. ¿Cómo reaccionas cuando te ves en televisión?

Me río mucho. Hay veces que no me reconozco. También forma parte del persona y es televisión, entretenimiento y puesta en escena. Gracias a ese personaje carismático, gruñón y que explota, podemos meter píldoras, como cuando vino Sandy Powell –diseñadora de vestuario de películas como Shakespeare In Love, Entrevista con el vampiro, El lobo de Wall Street o Gangs of New York– al programa.

—¿Ha cambiado la relación con tus clientes desde que sales en televisión?

Es la misma. Todo el mundo se piensa que, con Maestros de la costura, ha habido un antes y un después en nuestros negocios, pero, en absoluto. Es más, te diría que determinada clientela, muy de perfil bajo, no sé si la hemos perdido o le cuesta venir porque no le hace mucha gracia que yo esté en televisión. Date cuenta que un probador es como un confesionario, donde te desnudas en todos los sentidos, física y psicológicamente. Entonces, que tu modista sea un personaje mediático… En ese sentido, salir en la tele es un caramelo envenenado. Pero estoy orgulloso de Maestros de la costura. Me lo paso pipa con mis compañeros, a los que adoro. Raquel Sánchez Silva es una diosa. Luego María y Palomo… Son como de mi familia, aunque sean de otra generación. Lo gracioso es que de quien me considero realmente amigo es de Manoli, la madre de Palomo, que tiene mi edad. Nos conocimos en la primera temporada del programa y fue amor a primera vista. Es una mujer maravillosa y un ángel, que me ha ayudado muchísimo en algunos momentos complicados.

lorenzo caprile©Fernando Junco
En un rincón de su habitación, decorada con imágenes de su familia, a quienes les tiene siempre una vela encendida.

—¿Con las clientes sacas el carácter que muestras en Maestros de la costura?

Con algunas sí. En el mundo de la novia tengo fama de ser muy borde y no lo oculto. No me gusta dorar la píldora. Siempre digo las cosas de una manera diplomática, pero hay veces que te ponen en el límite de la educación… ¡Por favor! Además, es que creo que es contraproducente. Cuando encargas un traje para estar espectacular, que te doren la píldora. ¿De qué sirve fomentar el autoengaño? Tarde o después, se van a enfrentar con la realidad.

—¿De dónde te viene a ti lo de ser modista?

Había una máquina en casa de pedal. Sigo teniendo algún bolso, estuche con tela vaquera y cojín. Aunque debo de decir, coser lo que se dice coser no me gusta y no se me da bien. Si lo tengo que hacer, lo hago, pero lo que me considero bueno es patronando o, modelando.

—¿Sigues vistiendo a Letizia?

No. Forma parte de mi biografía… Hace ya quince años.

lorenzo caprile©Fernando Junco
“Lo que me considero bueno es patronando o, modelando”, nos cuenta el modisto.

—¿Te apetece volver a vestirla?

Ni me lo planteo, como con otras tantas clientes que han dejado de venir al taller y que luego vuelven o no vuelven. Tampoco me quita el sueño.

—¿Cómo es Letizia como clienta?

De eso nunca hablo. Además, ella vino del 2004 y del 2006. ¿Quién se acuerda de eso?

—Hombre, el vestido rojo que le creaste para la boda de Felipe y Mary de Dinamarca fue maravilloso.

Siempre digo lo mismo: en moda, es un orgullo que siga recordándose y citándose un trabajo tiene ya la friolera de dieciséis años. Porque, en moda, ese tiempo, es una barbaridad.