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Cuando el río está a rebosar de agua, hay que contar con que uno se habrá calado hasta la médula al poco de haber enfilado hacia los miradores naturales que, escalonados a distintas alturas de la cascada y protegidos, a lo sumo, por una vallita para evitar un mal resbalón, se asoman al soberano tajo de las cataratas Victoria. Por esta falla de un kilómetro y medio de ancho, las aguas del Zambeze se lanzan en picado por una caída de más de un centenar de metros, provocando un bramido atronador que sigue sintiéndose como un zumbido constante en muchos kilómetros a la redonda.
El ‘humo que truena’
Su nombre local, Mosi-oa-Tunya, que significa «el humo que truena», desde luego le hace más justicia a la realidad que el que le colocó hace unos ciento cincuenta años el doctor Livingstone, quien, cuando se topó con este exceso de la naturaleza, inmediatamente le dedicó el prodigio a Su Graciosa Majestad la Reina Victoria. El humo en realidad no es tal; es vapor de agua que se queda en suspensión tras la fuerza de la caída y que, en los meses en los que el río arrastra más caudal (febrero y marzo, por lo general), puede incluso dificultar la visión de las cataratas aunque se las tenga delante. Ni siquiera pertrechado con los eficaces chubasqueros que venden a la entrada del recinto de las cataratas habrá forma humana de salir seco. Es sobre todo en esos momentos cuando apreciar la cascada desde el aire se vuelve un privilegio absoluto. El cuarto de hora escaso que duran los revoloteos panorámicos en helicóptero o en un biplano Tiger Moth de la Primera Guerra Mundial, que pueden contratarse para sobrevolarlas, pasa como un suspiro ante tanta grandeza. Mejor que desde cualquier otro ángulo, desde las alturas se aprecia el avance brusco, incontenible, de millones de litros que se desploman como en cámara lenta para, tras el gran salto, seguir su curso como si nada, serpenteando por un cauce. Por éste, los más osados se atreven a hacer rafting entre los rápidos para más tarde bajar el nivel de adrenalina con un romántico brunch en la orilla.
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