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Jordania, un fascinante reino de contrastes

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Una inmensa grieta en la piedra descubrirá al turista las maravillas que encierra Petra.


Camino de la ciudad de Petra

Sin duda el punto central de una visita a Jordania es Petra. Pero como ocurre, por ejemplo, con las óperas, a veces la obertura impresiona más que la trama central. Así ocurre en cierto modo en Petra. Tras la entrada principal, y después de sortear o aceptar a los chavales que ofrecen hacer el recorrido en burro, caballo o calesa, el visitante llega al comienzo del impresionante "Siq", que al principio parece un corto paso entre rocas y pronto se descubre como una inmensa grieta en la piedra de arenisca que se abre a lo largo de un kilómetro y medio entre profundos acantilados que en ocasiones ofrecen 200 metros de altura por sólo cuatro de ancho.

Este es el camino hacia el Tesoro, la senda permitida dentro del gran parque nacional que es Petra. La Policía del Desierto, con sus túnicas verde caqui, sus fajines, los cuchillos al cinto y los fusiles al hombro, se encargan de disuadir a los visitantes aventureros de acampar en las montañas, como hasta hace poco solían hacer. Lo que los turistas llaman Petra, es una fracción --la más espectacular-- de un área de 264 kilómetros cuadrados, Parque Arqueológico Nacional desde 1993.
Desde su centro, Petra se ramifica, durante 853 kilómetros cuadrados, en un laberinto de wadis o cauces de ríos secos, y antiguas rutas de caravanas que llevaron incienso de Omán a Gaza y regresaron cargadas con brazaletes de oro de los talleres de Alepo, hacia los zocos de Yemen. Un entramado de siglos que empezó a forjarse cuando el pueblo nabateo llegó a Petra en el siglo IV a.C., y desalojó de estas tierras a sus antiguos pobladores, los edomitas.

Este pueblo de pastores nómadas supo comprender que el enclave era perfecto para controlar las rutas comerciales, recaudando aranceles por atravesar el territorio que hicieron suyo. Las quebradas, riscos y barrancos de Petra se convirtieron en su fortaleza de piedra. La bautizaron Requem, nombre semítico que alude a una tela de variados tonos, con que el que evocaron las coloridas vetas y jaspeados de las rocas de Petra, de las que se extraen polvos de arenisca de nueve tonalidades.

Pero mucho más que nueve tonos se descubren en el paseo hacia el corazón de la misteriosa ciudad. Da lo mismo la hora en que se haga porque con el sol alto o bajo, incluso a las luz de las velas y las estrellas, las luces y sombras crean un mundo fantástico y fantasmagórico que cambia radicalmente de aspecto con solo volver la vista atrás.
En este "Siq" no importa tanto descubrir el magistral canal que dirigía el curso del agua, o los resto de calzada de la época de los romanos o incluso algunas figuras en relieve que reflejan las múltiples caravanas de camellos que hasta aquí llegaban. Lo realmente impresionante es sentirse envuelto por la magnitud de las rocas, por los reflejos del sol, por la escasa vegetación que pugna por hacerse un hueco entre las piedras. Todos saben que al final del camino está la joya que tantas veces han visto en fotos y películas, pero no hay que tener prisa por llegar. Incluso si al final del largo pasillo no hubiera nada, ya habría compensado el viaje.

Prohibida su reproducción total o parcial. ©2006 Hola, S.A.

  

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