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Pero antes de haber llegado a Samarkanda, el viajero se habrá enamorado más si cabe de Bujara, la mejor conservada de estas ciudades que tantas veces se han soñado envueltas de misterio de cuento oriental. En cuanto uno se cuela en el laberinto de su casco viejo, de la nada emerge un espejismo de estanques y bazares en los que se regatea para conseguir las mejores alfombras y el oro, mezquitas de fábula como la de Bolo Hauz o la de Kalon, antiguas hospederías y casas de baños que hablan del trajín caravanero de antaño, la ciudadela del Ark, amén de un entramado de madrasas o escuelas coránicas como las de Mir-i-Arab y Amir Ali Khan o las de Abdulaziz Khan y Ulughbek, herederas todas de ese foco religioso e intelectual que fue Bujara allá por el siglo X y por el que desfilaron desde Avicena, fundador de la medicina moderna, hasta Rudaki, el gran clásico de la poesía persa; el socarrón personaje de los cuentos sufís, el mulá Nasrudín, o el protector de las artes y las ciencias Ismail Samaní, cuyo mausoleo en Bujara acopla en su arquitectura islámica símbolos de la primitiva religión zoroástrica.
Y todavía aguarda la última joya de esta porción de la Ruta de la Seda en la ciudadela amurallada de Jiva. Un descomunal museo al aire libre en el que, encerradas dentro de sus defensas de arena, las geometrías de sus calles empedradas se adornan con un conmovedor entramado de mezquitas y palacios de adobe; por no hablar del sinfín de madrasas y de mausoleos construidos por los khanes que gobernaron este último y más remoto oasis, en el que se abastecían las caravanas antes de volver a vérselas con el desierto en su camino hacia Persia.
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