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Los evocadores nombres de Samarkanda, Bujara y Jiva, tan rodeados de mito, hilvanan uno de los tramos más apasionantes de la llamada Ruta de la Seda. La más tentadora y fabulosa senda del comercio y el saber por la que, en la antigüedad, los países de Europa y la remota China se intercambiaron sus mercancías, descubrimientos y formas de entender el mundo.
En algunos mapas del siglo XIX, la enormidad de territorio que separaba la Rusia zarista de la India entonces británica aparecía casi vacía. Desdibujada y sin fronteras. Como si fuera una tierra de nadie. El aislamiento y el escaso interés de Europa por estas descarnadas tierras de los nómadas del Asia Central, blindadas por cinturones de montañas y desiertos, parecen incluso hoy ser el destino de Uzbekistán, una de las repúblicas centroasiáticas que en los años noventa se ganaron una independencia que pocos anhelaban al desmembrarse la Unión Soviética.
EL CAMINO DE LA CULTURA
Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que esas estepas y desiertos que luego se convertirían de nuevo en frontera fueron testigo del paso de una de las arterias comerciales más fabulosas de la antigüedad: la Ruta de la Seda, por la que a través de varios itinerarios principales se trasegaban mercaderías preciosas entre China y el Mediterráneo, pero también descubrimientos, saberes y formas de pensamiento que escribieron la Historia. Sin ir más lejos, la pólvora o la tinta, inventadas por los chinos al igual que la entonces tan preciada seda, llegaron junto a las especias o la porcelana hasta Europa a lomos de los camellos y yaks que atravesaban Asia Central esquivando mil y un peligros. Y si con las últimas se vestían los nobles y se engalanaban palacios, con las primeras unos ejércitos sometieron a otros y se fraguaron imperios, pero también se propagaron los libros y la cultura.
LA MAGIA DE SAMARKANDA
Fue un emperador chino quien, en el siglo II a. C., envió a sus primeros emisarios hacia el interior del continente, originando así el comienzo de una ruta del comercio que se convertiría en legendaria y que crecería, a lo largo de miles de kilómetros, al calor de los bazares y mercados de las grandes ciudades. Un esplendor que inicia su declive con las nuevas rutas marítimas que se propician en el siglo XV, y que generan el auge de la navegación y, como consecuencia, del comercio marítimo. De esta forma se da comienzo a la imparable decadencia de esta ruta terrestre como única vía para comerciar con Asia. Sin embargo, aunque la ruta perdió su primitivo vigor, mantuvo el imponente poso cultural de sus ciudades, así como buena parte de la monumentalidad de aquellos siglos. Samarkanda es la que más nombre tiene, y ella sabe recompensar a los que llegan hasta tan lejos para admirarla regalándoles, ya de entrada, la emocionante visión de su plaza del Registán, con las cúpulas azul turquesa de sus tres madrasas inflamadas a la luz del atardecer. Y luego los seguirá encandilando con la devoción que arremolina a los peregrinos en los templos de la necrópolis de Shah-i-Zinda, y con otros de sus tesoros, como el mausoleo donde reposa el fiero Tamerlán, la monumentalidad de la mezquita de su esposa favorita, Bibi Khanum, o los restos del observatorio con el que el gobernante y astrónomo Ulughbek, nieto del gran conquistador mongol, medía las posiciones de las estrellas con una exactitud sin precedentes.
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