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Cuenta Ulf Buchert, director de orquesta del Eastern & Oriental desde su viaje inaugural, hace ya unos quince años, que la idea de poner en marcha esta versión asiática del Orient Express europeo fue una feliz ocurrencia del hotelero del lujo James Sherwood y del decorador Gérard Gallet, responsable de haberle devuelto el lustre al verdadero Orient Express, dos amigos enamorados de El expreso de Shangai, todo un clásico del cine de aventuras de los treinta. «Se quedaron pegados a la butaca ante la gélida sensualidad que derrochaba Marlene Dietrich en uno de los papeles de su vida», recuerda.
Fascinados con el proyecto, la peripecia comenzó con la localización de los vagones: unos Pullman de los años sesenta fabricados en Japón, pero que entonces pertenecían al Silver Star Train de Nueva Zelanda. Los remodelaron de arriba abajo y, sobre todo, convencieron a las autoridades tailandesas de que permitieran utilizar las vías nacionales para un tren extranjero, tarea que supuso siete largos años de tira y afloja.
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