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Tierra de Fuego ha sido considerada durante siglos la última frontera. Todavía se trata de uno de los territorios más vírgenes del planeta, en el que hoy pueden abordarse un buen puñado de retos personales. Doblar el cabo de Hornos en un velero o un catamarán puede ser el más osado de ellos, porque nunca podrá hacerse nada «más al Sur» de este vértice austral del continente americano, cuyos principales enclaves los podrán recorrer quienes incluso aquí busquen el mayor de los lujos, a bordo de los exclusivos cruceros de expedición Vía Australis y Mare Australis, emulando a Darwin, cuyos meses de investigación en Tierra de Fuego, hace unos cinto setenta y cinco años, resultaron decisivos para su teoría de la evolución de las especies.
En el lado argentino podrá esquiarse entre junio y octubre en la estación de Cerro Castor, donde las cimas de los Andes se encuentran con el mar; tomar un velero para avistar pingüinos y leones marinos por el canal de Beagle, así como adentrarse por el Parque Nacional Tierra del Fuego, creado para preservar la porción más austral de bosque subantártico, a bordo del famoso Tren del Fin del Mundo, desde la ciudad de Ushuaia. La parte chilena permite pasmarse ante las mismas vistas que, hace casi quinientos años, atisbara Fernando de Magallanes.
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