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La región desértica del Fezzan, hacia el suroeste de Libia, atesora una de las porciones más espectaculares del Sáhara. Su inmensidad se viste de un mar de arena de colores cambiantes y se salpica de lagos, de dunas, de palmerales a orillas de los oasis y de fantasmagóricas formaciones rocosas como las que la erosión ha ido esculpiendo a lo largo de los siglos en los remotos Montes Akakus.
El Fezzan, como todo en el desierto, no tiene fronteras estrictas. Sumando en su totalidad unos 700.000 kilómetros cuadrados, toca la línea costera de Libia hacia el Norte y el desierto al Este, el macizo del Tibesti al sur y el de Hoggar al oeste, lindando ya con Argelia. En su centro se yergue el oasis de Kufra, vital para los nómadas que todavía hoy moran su inmensidad, y Sebha aparece como su única verdadera ciudad. Esta región, un nexo natural entre el Mediterráneo y el África negra que durante siglos ha asistido al paso de las caravanas que trasegaban con ébano, marfil, oro y pieles y piedras preciosas, es una encrucijada en la que se han encontrado los árabes, tuaregs y tibbus que sucedieron a los míticos garamantes, el pueblo guerrero que dominaba esta antigua ruta comercial a través del Sahara y cuyo ocaso describía el historiador y geógrafo Heródoto unos 400 años antes de Cristo.
El aislamiento de Libia en estas últimas décadas en las que la globalización ha ido uniformando tantas esquinas radicalmente dispares del planeta y la todavía reducidísima cantidad de turistas que, a pesar de su belleza y su seguridad, sigue hoy recibiendo este país, han sido bazas decisivas para que todo el que se decida por recalar por esta esquina del Sáhara tenga el privilegio de disfrutar en soledad de algunos de los paisajes más alucinantes que adornan la faz de la Tierra.
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