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En 1885 se establecía el primer Parque Nacional de Canadá y tercero del mundo: Banff, en plenas Montañas Rocosas. Si en aquellos tiempos su extensión apenas se limitaba a un área de 26 kilómetros cuadrados, hoy abarca 6.641 de bellísimos picachos dentados, lagos azul turquesa, valles, bosques y glaciares entre los que, según la temporada, entregarse a las caminatas, la escalada, el esquí o la avistación de fauna salvaje.
Las cifras del Parque Nacional de Banff son dignas del guinness: se trata del parque más antiguo del país, atesora más de 1.600 kilómetros de senderos marcados que, con distintos niveles de dificultad, permiten a los excursionistas caminar entre su naturaleza en estado puro; posee igualmente el mayor sistema de cuevas de Canadá horadando su esquina noroeste y recibe cada año a más de cuatro millones de visitantes que acuden, sobre todo en julio y agosto, a presentarle puntuales sus respetos.
A unas dos horas por carretera desde Calgary, en la provincia sureña de Alberta, sus 6.641 kilómetros cuadrados en plenas Montañas Rocosas pasan de los apacibles valles y bosques de abetos que tapizan sus zonas más bajas a adornarse, a medida que aumenta su altitud, con los picachos desnudos y recortados que definen sus poderosos paisajes. Lagos turquesa enmarcados por las montañas como los imprescindibles y bellísimos de Moraine y Louise, ríos, cascadas que se desbordan en los meses más cálidos y cañones que caen al vacío entre silencios de vértigo se suceden a lo largo de unas caminatas en las que la rotundidad del paisaje es protagonista absoluta.
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