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Resulta difícil no coincidir con quienes consideran la Bahía de Guanabara como la más espectacular que adorna el planeta. Su inmensidad 杢an grande que sus descubridores la confundieron en un principio con la desembocadura de un gran río queda ampliamente superada por la belleza que derrocha su escenografía de vegetación, de islas y morros altísimos diseminados a lo largo de una barbaridad de kilómetros por los que la Cidade Maravilhosa se asoma al Atlántico. Cuando el rey portugués Manuel I mandó una expedición naval a explorar las recién descubiertas tierras de Brasil sus hombres avistaron una bocana tan descomunal que dieron por hecho que sería sin duda el estuario de un gran río. Corría el día de Año Nuevo de 1502 y, en honor a la fecha, lo bautizaron como Río de Janeiro.
Después, en la siguiente incursión, se sabría que este brazo de agua que se adentraba por unos paisajes fabulosos de islas y montículos elevadísimos tapizados de verde 杔os morros era en realidad una ensenada que actualmente se conoce como la bahía de Guanabara. Se trata de la entrada más sublime que pudiera concebirse para una ciudad de la talla de Río, y la puerta de acceso que durante siglos ha dado la bienvenida a todos los llegados por mar a la ciudad más vibrante de Brasil. Una de las postales señeras de la ciudad muestra la verticalidad infinita y pétrea del Pan de Azúcar elevándose sobre una pequeña península a la entrada de la bahía, aunque pocos imaginan que el cliché apenas incluye una porción mínima de ésta. Porque Guanabara se extiende por un perímetro de más de 130 kilómetros, atesorando a lo largo de ellos una cincuentena de playas y encerrando en su interior decenas de islas e islotes.
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