|
A las afueras de El Cairo, sobre las arenas del desierto, la necrópolis de Gizeh se adorna con las pirámides más perfectas de Kéops, Kefrén y Micerinos, construidas durante la IV dinastía del Antiguo Egipto por los reyes que les dan nombre. Su embrujo es el señuelo con el que comenzar a paladear el fabuloso entramado de vestigios faraónicos que el Nilo va tejiendo a lo largo de su cauce.
De las Siete Maravillas del Mundo Antiguo sólo ha llegado a nuestros días la Gran Pirámide de Kéops, la primera y más grande, con sus 146 metros de altura, que se alzó sobre la necrópolis faraónica de la meseta de Gizeh. Erigida hace 4.500 años con más de 2.250.000 bloques de piedra de al menos dos toneladas cada uno, su eternidad hace honor al proverbio egipcio que reza “el hombre teme al tiempo, pero el tiempo teme a las pirámides”.
Al oeste del Nilo, arrimadas a este padre de todos los ríos que hace brotar la vida en mitad del desierto, pero a una distancia cautamente calculada de sus aguas para que sus periódicos desbordamientos de antaño no dañaran sus estructuras, las pirámides de Kéops, Kefrén y Micerinos, junto a la enigmática esfinge con cara de hombre y cuerpo de león que las custodia, se yerguen como el bocado más suculento a la cultura faraónica que un viajero pueda paladear. Antaño quedaban en pleno desierto. Hoy El Cairo ha crecido tanto que su monumentalidad puede atisbarse al final de su Pyramid Street. En un abrir y cerrar de ojos, previo regateo, el taxi se abre camino entre el tráfico de El Cairo y lo deja a uno casi a los pies de estas moles que aún hoy, con toda la tecnología al servicio del hombre, siguen envueltas de misterios que los egiptólogos no logran del todo desvelar.
|