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“Bajo tu amparo no hay desengaños, vuelan los años, se olvida el dolor”. La letra de este tango no puede hablar sino de Buenos Aires. Una ciudad bulliciosa con sabor a este baile de parejas enlazadas, huellas de arrabal y una ventana abierta a la modernidad. Así es Buenos Aires, posiblemente la capital más europea de Latinoamérica. Y es que, paseando por sus calles, hay ocasiones en las que el viandante podría desconectar y llegar a pensar que está paseando por alguna avenida de Madrid o de París. La impronta de la inmigración de antaño se nota en muchos rincones de la ciudad, desde las fachadas de algunos edificios al estilo de algunos barrios. Pero pronto uno se da cuenta de que está en la ciudad porteña en cuanto que otro compañero de paseo habla y el oído se embriaga con el característico acento argentino –muy especialmente aquí, en la capital-. Aunque tal vez no es una ciudad que llame la atención por su gran patrimonio artístico, Buenos Aires encandila al viajero que la recorre a pie, que la descubre, que la vive. Y más en una época tan ideal como ésta, cuando en el hemisferio sur disfrutan de la apacible primavera. Y es que, se puede decir bien alto, Buenos Aires está de moda.
Un paseo por la Boca
Existen varios lugares que uno no puede perderse cuando visita la capital de Argentina, y uno de ellos es el barrio de la Boca. Un puñado de callejuelas se arraciman en torno a Caminito, que, desde 1959 es considerada museo y mercado de arte al aire libre. De hecho, raro es el visitante que no se va de la Boca con las manos llenas de recuerdos. Guarda este bullicioso y vital barrio obrero cierto encanto decadente, que se plasma en las humildes casas de metal o conventillos pintados de vivos colores –habitualmente, con los restos de los botes de pintura que sobraban cuando se pintaban los cascos de los barcos que llegaban al puerto-, que son, sin duda, la estampa más fotografiada de este rincón. La Boca nació de las oleadas de inmigrantes que fueron llegando al país, y huele a tango –las parejas bailan en plena calle para los turistas- y, cómo no podía ser de otra manera, a fútbol. Y es que es casi una visita obligada el estadio de Boca Juniors. El azul y el amarillo lo invaden todo –son los colores del equipo, heredados de la bandera de un barco sueco que arrivó al puerto- y se pueden ver los murales que decoran el estadio, la mítica Bombonera, entre los que destaca el de Maradona, todo un astro no sólo en la Boca, sino en toda Argentina.
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