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A la capital más visitada del planeta le sobran razones para encandilar: los mejores restaurantes, las tiendas más coquetas o rompedoras, su vivísimo ambiente multiétnico y una oferta cultural inabarcable pero, sobre todo, un descomunal centro histórico deliciosamente conservado y cuajado de rincones románticos que, barrio a barrio, ha cimentado la convicción generalizada de que uno no puede irse de este mundo sin habérsela callejeado antes a conciencia.
Veinticinco millones de personas difícilmente pueden equivocarse al tiempo. Porque por ahí ronda, nada menos, la cifra de visitantes que cada año se acerca a presentarle sus respetos a la capital francesa. Para algunos la prioridad será empaparse de sus aires cosmopolitas y, para otros, del arte que rebosan sus museos y galerías; las últimas tendencias de sus escaparates harán las delicias de no pocos, así como sus mercados al aire libre, la trepidante noche de sus barrios más jóvenes o sus románticos paseos a orillas del Sena. En lo que seguro estarán todos de acuerdo es que los barrios del viejo París y sus principales iconos servirán en cualquier caso de decorado perfecto se espere de la ciudad lo que se espere.
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