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La antigua Ragusa romana es hoy una ciudad del todo imprescindible de la costa mediterránea. Dentro de sus poderosas murallas se palpa el poso de una historia de más de mil años que la ha adornado con palacios, cúpulas, conventos y callejas con mucho sabor que, tras una minuciosa restauración después de la guerra de los Balcanes, vuelven a lucir en todo su esplendor.
A Dubrovnik, para paladear como se merece la estampa de su ciudad medieval entretejida de piedra, hay que llegar a ser posible por mar. Abierta completamente hacia el Adriático y respaldada por colinas, la más encantadora de las ciudades croatas atesora dentro de sus potentes murallas más de mil años de historia que se dejan sentir en cada recoveco de su casco viejo, sembrado de cuestas empedradas y mercados, de puertas monumentales, monasterios e iglesias imprescindibles como la de San Blas o de palacios como el de la Rectoría, que hacen una delicia caminar sin rumbo fijo por sus esquinas. Y todo, sin coches a la vista.
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