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A lo largo de la historia esta fascinante ciudad fue capital de tres imperios: romano, bizantino y otomano, una circunstancia que ha servido para que en todos y cada uno de sus rincones pueda admirarse la herencia cultural y artística de una ciudad que se ha convertido en uno de los destinos preferidos por los turistas que se acercan hasta Turquía. Primero se llamó Bizancio, luego Constantinopla, cuando el emperador Constantino la convirtió en capital de un imperio (el romano) que comenzaba su declive, y, finalmente, fue bautizada como Estambul, cuando los turcos otomanos se establecieron en el poder. El despliegue de palacios, de mezquitas, de mercados y barrios llenos de vida hacen de ella una ciudad única, amén de ser la única metrópoli del mundo levantada entre dos continentes, Europa y Asia.
Quizás una de las imágenes más conocidas y sugerentes de Estambul sea el bosque de afilados minaretes que se extienden por las suaves colinas sobre las que se asienta la ciudad. Ubicada en el estrecho del Bósforo, que separa la parte asiática de la europea, y que comunica, además, el Mar de Marmara con el Mar Negro, posee un puerto natural, el Cuerno de Oro, que separa los barrios antiguos del norte de los más viejos (y también más valiosos) del sur, estos últimos protegidos por una muralla de más de siete kilómetros.
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