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La India tropical, sensual, suave y acogedora. La India con fuerte influencia cristiana y europea. La India poblada por sus verdaderos y más antiguos moradores. El estado de Kerala, situado en el extremo suroeste del subcontinente, parece un enorme parque mantenido cuidadosamente por algún jardinero divino que hubiera sido contratado por el dios de las pequeñas cosas. Es la patria de Arundathi Roy, una región donde la tierra y el agua se entremezclan, donde la costa rivaliza en belleza con el interior montañoso y selvático. La gente ocupa casas y chozas medio sepultadas por palmeras, como en una aldea sin fin. Cuarenta millones de personas viven en un territorio del tamaño de medio Portugal entre cocoteros, arrozales e interminables lagunas de agua, llamadas backwaters, formadas por la acción de las corrientes y de las olas que obstruyen la desembocadura de los ríos. Unidas entre sí por canales artificiales, estas vías de agua constituyen una fantástica red de comunicación.
Desde que un empresario local llamado Babu Varguese tuviese la genial idea de transformar las barcazas tradicionales que se utilizaban para el transporte de mercancías en casas-barco con todo lujo de comodidades, la experiencia de la Kerala profunda es ahora accesible a un número cada vez mayor de viajeros extranjeros. ¡Y qué experiencia! Es imposible no sucumbir al encanto de viajar en estos barcos de madera y fibra de coco que parecen armadillos gigantes, y que cuentan con camarote, baño, cocina y sobre todo con un espacio en proa para tumbarse y contemplar Contemplar la orilla verde esmeralda y rebosante de pájaros, descubrir la arquitectura singular de los templos hindúes, seguir lentamente a una pareja en bicicleta, atracar en una aldea para visitar antiguas iglesias portuguesas cuyas fachadas están deslavadas por cientos de monzones, maravillarse ante la algarabía de un mercado acuático entre barcazas llenas de montañas de arroz, de fruta y de pescado, seguir hasta el horizonte las bandadas de patos, saludar a los niños que agitan los brazos desde el porche de sus viviendas de madera y darse un chapuzón al atardecer para contemplar desde la superficie del agua como el disco solar se hunde entre las palmeras
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