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Mapa de situación.
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Vista del Palacio da Pena, rodeado de vegetación.
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Todo en Sintra guarda una exacta proporción: la ciudadela vieja, con sus calles intrincadas y sus casonas dieciochescas; las quintas de la nobleza, con su semblante quimérico y sus enigmáticas fachadas; los senderos sinuosos, que se pierden entre la espesura de la montaña, como buscando el amparo de la maleza y los altos árboles. La historia de Sintra parece de cuento. El palacio da Vila, o palacio nacional, como pomposamente lo llaman ahora, fue en tiempo de los árabes residencia de alcaides y gerifaltes. Cuando el Rey Alfonso Henriques conquista Lisboa, Sintra no opone resistencia. Se rinde pacíficamente y deja que sus nuevos dueños edifiquen en ella un conjunto áulico que durante ocho largos siglos fuera lugar de esparcimiento de los atareados monarcas portugueses.
Al Rey Dinis, al monarca João I y, sobre todo, a Don Manuel se debe la grandeza del monumento. El primero alentó las construcciones góticas del edificio; el segundo ordenó los patios, construyó las cocinas y amplió las plantas; el tercero fue el más meritorio. A Don Manuel le cupo el honor de revestir las salas con algunos de los azulejos más bellos del país. Dotó al palacio con ese aire mudéjar imposible de esconder y mandó construir puertas y ventanas con motivos navales, que lo catapultaron a la historia de la arquitectura con aquella corriente estética que dio en llamarse «estilo manuelino». Pasear por el palacio no es fácil. Este cruce de estilos, este desenfreno de corrientes históricas, hizo que las salas se pisaran unas a otras, creando una compleja suerte de pasadizos, escaleras de caracol, galerías y curvos pasillos. El itinerario comienza en la sala de los Cisnes, donde los azulejos forman un disciplinado tablero de ajedrez y cuya cubierta está tapizada de hermosas pinturas. Dicen que allí tenían lugar las fiestas cortesanas, donde los Reyes abrían el baile al compás de dulces melodías. El itinerario prosigue por las salas de las Urracas (das Pegas), de las Sirenas (das Sereias) y 梡asos después por la sala de los Árabes, donde estalla el arte andalusí, en un concepto minimalista de azulejos, suelo y fuente.
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