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La Cerdanya es la más occidental de las comarcas gerundenses, además de entre otras muchas cosas, la comarca de la nieve por excelencia. Se extiende a lo largo de un amplio valle pirenaico, con extensos prados y cultivos, situado entre los 900 y 1.300 metros de altitud, cicatrizado por el río Segre y sus afluentes. Dividida en dos estados desde el Tratado de los Pirineos (1659), que dejó al pequeño municipio de Llívia al otro lado de la frontera, sus parajes son tan extraordinarios como lo son los pueblos que la componen. La capital, Puigcerdà, domina buena parte del valle, un importante enclave medieval con un interesante conjunto monumental por el que merece la pena dar un largo paseo. Encontrará además de numerosos comercios, atractivos rincones, como el lago de Puigcerdà, la Plaça Major o la de Santa María, donde se eleva la esbelta torre del campanario.
En este cruce de caminos entre tres países distintos: España, Francia y Andorra, La Cerdanya suma virtudes paisajísticas, culturales y humanas de todos ellos. Gracias a su clima seco y soleado, fue lugar de veraneo de la alta burguesía barcelonesa que buscaba en sus verdes paisajes el contrapunto de tranquilidad al estrés de la gran ciudad. A partir de los años 20 del pasado siglo, cuando La Molina abrió sus puertas, la comarca se convirtió en destino privilegiado para los amantes del esquí, a lo que contribuyó mucho tiempo después la apertura del túnel del Cadí, que permite cruzar la barrera montañosa formada por las sierras del Cadí y de Moixeró.
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