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Los árabes que habitaron este tramo de costa agreste del Sur peninsular quedaron fascinados por la abundancia de agua dulce que manaba de los acantilados que hoy conforman el Parque Natural de La Breña y Marismas del Barbate, y bautizaron el lugar rememorando a su ciudad sagrada: Caños de Meca.
Desde los aledaños de Barbate es difícil imaginar lo que encierra el más pequeño de los parques naturales de Andalucía: una bella extensión de pinos replantados a principios de siglo para frenar el avance de las dunas móviles por la ladera del monte; torres vigías que ya no divisan piratas enemigos y unos temibles acantilados que alcanzan más de 100 metros de altura y crean calas de gran belleza.
Ya sea por el sendero que recorre el punto más alto del risco y lleva hasta la torre del Tajo o a pie del cortado, el contraste de olores y colores es de una variedad infinita. Lo mismo que la fauna que aquí habita: gaviotas, grajillas, garcillas bueyeras... Entre la espesa vegetación, los manantiales de agua dulce que se precipitan por la pared al mar son el colofón a un paseo por este accidentado espacio.
Tras las verdes copas de los pinos piñoneros se intuye Caños de Meca, refugio desde hace años de una comunidad hippy y alternativa. Y más a lo lejos, el mítico faro de Trafalgar, testigo de la batalla que enfrentó hace doscientos años a las tropas inglesas contra la alianza franco-española y motivo de inspiración para novelistas como Galdós o, más recientemente, Pérez Reverte.
La playa comienza por detrás de las últimas casas de la pedanía y se extiende durante varios kilómetros formando una larga y ancha alfombra de arena. Sus aguas transparentes, su oleaje moderado en verano y el viento de Levante, que aquí cuando sopla lo hace con fuerza, invitan a aventurarse en la difícil tarea de practicar deportes acuáticos.
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