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Las carabelas de corsarios de antaño han dado hoy paso a yates de turistas que, en temporada alta, desembarcan en la isla de Tabarca, frente a la alicantina Santa Pola, para clavar su bandera vacacional en una playa colosal. Por eso, es aconsejable acudir a ella fuera de temporada. Sólo así se puede contemplar con los cinco sentidos la gran riqueza natural de la única isla permanentemente habitada de la Comunidad valenciana. Las frondosas praderas de posidonia de la primera reserva marina declarada en España dan fe de la riqueza submarina que ésta guarda.
La playa de Tabarca se disfruta mejor con viento levante que con lebeche (viento meridional), que resulta muy molesto y arrastra algas a la orilla. También resulta algo incómoda la alfombra de guijarros que cubre la playa y que desplazan la arena a los fondos, de ahí que el alquiler de hamacas no sea un mal negocio en este lugar. Pero la playa no es el único y preciado tesoro de la isla. Hay más. Contiguo al arenal se levanta un conjunto fortificado urbano del siglo XVIII, integrado por tres puertas de acceso, iglesia con sótanos que comunican con el mar, castillo, Casa del Gobernador, cementerio marinero y faro. De todo un poco. Mucho para una isla de tan sólo 1.800 metros de longitud y 400 de anchura, que se puede visitar en cuatro zancadas, como aquel que dice.
Y en cuanto a los placeres gastronómicos, imprescindible resulta la degustación del típico guiso de pescado. Nadie debería perdérselo. Sin duda, un caldero mágico.
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