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Tarifa tiene mucho de África. De hecho, nada más salir de los límites de la localidad y a partir de Punta Paloma comienza un paisaje dunar de gran magnitud y encanto que extiende sus brazos a lo largo de varios kilómetros de costa hasta llegar a Punta Camarinal. Tras dejar atrás la playa de Valdevaqueros, más recluida y de difícil acceso, se presenta la joya de la costa tarifeña: la hermosa playa de Bolonia.
El entorno, incluido en el recientemente creado Parque Natural del Estrecho, es un auténtico privilegio, al resguardo de las estribaciones de las sierras de la Plata y San Bartolomé, que renacen en primavera con su esplendoroso verdor.
De la N-340, que recorre todo el Este y Sur peninsulares, parte, a la altura del kilómetro 70, una estrecha e irregular carretera serpenteante que va a morir en una amplia ensenada de arena fina y oleaje moderado casi inabarcable a simple vista; en ella confluyen el azul intenso del océano y el arco dorado del arenal.
En este grandioso espacio, dos lugares sugerentes que rivalizan en belleza y aúnan naturaleza e historia: en un extremo de la playa, enormes dunas de arena fina formadas por el ímpetu del viento, que aquí sopla con fuerza inusitada, escalan hasta los pinos e invitan a un paseo relajado por este refugio de nudistas; a los pies, la magnífica herencia romana de Baelo Claudia, testimonio del pasado histórico de estas tierras. Fue diseñada dentro de los más estrictos cánones clásicos y queda claro que sus moradores eligieron la mejor zona de baño para su disfrute. Para los que miren más allá, en un día claro, tras las aguas atlánticas del Estrecho, surge la costa de Marruecos. No puede haber mejor visión.
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