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Guadalajara siempre estuvo en el camino hacia alguna parte. Esa condición de tierra fronteriza y cercana a Madrid condicionó desde antaño su historia. La capital de la Alcarria es hoy una gran desconocida, que atesora un rico patrimonio heredado en buena parte de la influyente familia Medoza.
La ciudad de Guadalajara tuvo sus orígenes sobre un promontorio natural que dominaba la cuenca del Henares. Aquel nudo de comunicaciones que unía los valles del Ebro y el Tajo, y que los romanos llamaron Arriaca, fue conocida bajo el avance islámico como Wad-al-Hayara o 憆ío de las piedras. Rodeada de murallas, la ciudad fue configurando su alargada planta urbana en torno al recinto árabe y a la ciudadela, de la que hoy tan sólo quedan algunas ruinas, varios torreones y un puente en el camino que sube desde el río al casco viejo. Tras la ocupación cristiana, la ciudad recibió privilegios, pero no será hasta el siglo XIV cuando viva su edad de oro, gracias a la familia de los Mendoza.
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