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Soria es una ciudad tranquila y reposada que expone con orgullo su ritmo relajado. Bastante tuvo ya con agitarse incansable y heroica en otro tiempo. Hoy, más pequeña en habitantes que muchos pueblos y más grande en historia que muchas urbes, sigue siendo ese lugar algo a trasmano, de porte señorial, cuyas calles iluminaron el alma de tantos poetas.
Soria es también la ciudad del alto Duero, que aquí labra su futuro, entre peñascos, serrijones y duras parameras escarpadas. La imagen de la roca que sostiene la ermita de San Saturio reflejada en las aguas anchas del río es la estampa más famosa de la ciudad. A él se cree debe su nombre, derivado del latino Dauria. Sus orígenes podrían remontarse a los tiempos en que los arévacos de la cercana Numancia pastoreaban sus ganados por la zona, aunque la primera constancia histórica data del siglo IX, cuando cristianos y musulmanes pugnaban por afianzar sus posiciones en la línea del Duero. Reconquistada por los castellanos, fue Alfonso I el Batallador quien repobló la población en el siglo XII, y conoció su auge, una vez poderosamente fortificada, durante el reinado de Alfonso VIII, y más tarde, gracias al negocio ganadero. Su situación estratégica, entre Castilla, Aragón y Navarra, ha sido decisiva en su devenir histórico.
Cruzando el puente sobre el Duero se entra en Soria por la vía más directa. Es la calle de San Agustín, más arriba calle Real, luego Zapatería y por fin de El Collado, espina dorsal de la ciudad. A un costado queda la colegiata de San Pedro, concatedral de la diócesis. Camino de las ruinas de San Nicolás o de la plaza Mayor se pasea Soria buscando la iglesia de Santa María, donde Machado casó con Leonor. O la iglesia de Santo Domingo, cuya portada es, una vez más, pieza única del románico español. O el palacio de los Condes de Gómara, el más esplendoroso edificio de la arquitectura civil soriana. Pero hay mucho más que ver: el Museo Numantino, el parque de la Alameda, escudos, fachadas y palacios..., piedras vetustas que cobijan la mirada siempre sorprendida del viajero, que no esperaba encontrar aquí más que frío y casas viejas.
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