|
Pocos lugares pueden presumir de haber sufrido una transformación tan radical como la que ha vivido Bilbao en la última década. De ser considerada una ciudad gris y eminentemente industrial, ha pasado a convertirse en uno de los referentes para el turismo, el arte y la cultura.
La culpa de este impresionante cambio de escenario la tienen una serie de innovadores y planificados proyectos urbanísticos y culturales, que en muy pocos años han conseguido despertar a una ciudad que se había quedado aletargada tras un pasado industrial en franca decadencia. La inauguración del Museo Guggenheim, sin duda la estrella mediática y popular de la milagrosa metamorfosis bilbaína, fue el punto de partida para una serie de actuaciones que han conseguido lavar la cara a la vieja ciudad del Nervión.
Bilbao tiene su origen en un asentamiento altomedieval de campesinos y pescadores, cuyo pequeño puerto se convertiría con el paso de los siglos en uno de los más importantes emporios comerciales de la costa cantábrica. La prosperidad medieval —Diego López de Haro, señor de Bizkaia, le concedió en el año 1300 su Carta Puebla como villa — y moderna se consolidó en un espectacular desarrollo industrial durante los siglos XIX y XX. La transformación del hierro vizcaíno en sus altos hornos y su intenso tráfico portuario hicieron de Bilbao uno de los principales enclaves industriales europeos.
En nuestros días, la capital del Nervión es una renovada urbe convertida en un singular destino turístico que atrae a cientos de miles de visitantes. Sin tener que renunciar a su secular historia —que sobre todo sigue latiendo en las entrañables Siete Calles del casco viejo y en el entorno de El Arenal—, el nuevo Bilbao, articulado entre el decimonónico ensanche y la recuperada margen izquierda de la ría, aparece literalmente sembrado de paseos, atrevidos puentes, valiosas piezas escultóricas y notables edificios de autor, como el Museo Guggenheim y el palacio Euskalduna.
|