Murcia

Murcia: arte, gastronomía y tradición en el corazón del Mediterráneo

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La catedral. pieza muy importante del barroco murciano.

Uno de los pasos de Semana Santa a su paso por la iglesia de San Pedro.

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Murcia es una ciudad que engaña. Es provinciana en su ritmo, pero grande en sus guarismos. Una capital de 350.000 habitantes, la octava más poblada de España, que ha desbordado en los últimos años el corsé que la constreñía —el desierto por el Norte y la vía del tren por el Sur— para dejar que las vanguardias arquitectónicas se superpusieran a sus viejas piedras barrocas. Pero ni los puentes de Calatrava, ni los nuevos centros culturales junto al río Segura, ni el edificio de Moneo, ni los nuevos barrios de la «milla de oro» han cambiado un ápice del espíritu murciano, ocioso y despreocupado. En sus callejas frescas de almunia árabe, concebidas para el paseo y la confidencia mañanera, que llevan de Santo Domingo a la Glorieta, que suben después hasta lo más alto de la torre de la catedral y se desparraman por los cuatro costados con sus palacetes barrocos, se anuncia que aquí se vive a un ritmo tranquilo. Y se vive bien.

El corazón de Murcia sigue estando en el mismo lugar que hace setecientos años, en el cruce de Trapería y Platería, las calles más genuinamente murcianas, construidas por Jaime I cuando tomó a los musulmanes la ciudad amurallada de 95 torreones junto a las feraces huertas del Segura. Arterias vitales del casco viejo a las que se va a pasear o a comprar el periódico, a ver y ser visto, a lucir el último traje, a sentir cómo fluye el pulso de la ciudad, a oír tañir las campanas de la catedral o, simplemente, a emocionarse con las procesiones.

Prohibida su reproducción total o parcial. ©2006 Hola, S.A.

  

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