|
La Vía Augusta remonta la pendiente hacia el espléndido mirador que domina el Mare Nostrum. Desde este punto, las ruinas del anfiteatro donde los romanos celebraban sus combates de gladiadores ofrecen una de las mejores estampas de la antigua Tarraco. Sus pobladores escogieron este estratégico enclave como base para emprender en el siglo III a. de C. la conquista de la Península, de cuyo paso hoy se gloria esta ciudad viva y marinera. La historia de Tarragona está unida a sus murallas. Imponentes, guardan de todo mal. Sobre una base de pedruscos ciclópeos, se ordenan sillares almohadillados e nexpugnables torres, por cuyos pies discurre un paseo arqueológico que aúna pasado y presente.
El modelo romano también dejó en herencia una ordenación de la urbe en terrazas. La Part Alta, en lo alto de la colina —que coincidiría con la antigua ciudad romana y posteriormente medieval—, estaba destinada al culto. Sobre el magnífico templo dedicado a Júpiter se eleva la catedral gótica, y en las laberínticas calles de su barrio judío se suceden buena parte de los museos de la ciudad. El segundo nivel, del que formaba parte el Pretorio, se destinó a Foro Provincial, las oficinas desde las que gobernaban la Hispania Citerior. Y justo encima del puerto, el estirado anillo del circo.
El Museo Nacional Arqueológico, el Foro de la Colonia, envuelto por las casas de la nueva ciudad, y, algo más lejos, la necrópolis paleocristiana, con un museo que descubre las creencias religiosas y la espiritualidad de la población de Tarraco, conforman un programa para recorrer la ciudad intenso, sólido y mayúsculo, como las obras de los antiguos romanos.
|