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Cruzar el arco de la Estrella es lo más parecido a activar una máquina del tiempo. Entrar en la parte vieja es entrar en una ciudad medieval, llena de calles, recodos y placitas cargadas de Historia, pero también de vida. Iglesias, palacios y casas solariegas, en un armónico y excelentemente conservado conjunto arquitectónico, evocan otros tiempos, tan lejanos como heroicos, tan legendarios como fascinantes. Las numerosas torres 梔el Bujaco, de la Hierba, de los Púlpitos, de las Cigüeñas, de Espaderos o de Sande, sólidas y esbeltas a un tiempo, se yerguen por encima de los edificios nobles, en su afán de demostrar su preeminencia. Tras la reconquista de la villa por los cristianos, se multi- plicaron las casas y palacios de los señores de la guerra, sobrios y espléndidos en su construcción, que acogerán durante siglos a significadas dinastías: Monroy, Ovando, Carvajal, Golfines de Abajo, Becerra Fueron sus hazañas bendecidas y auspiciadas por la iglesia y sus activos clérigos. En la hermosa plaza de Santa María se alza la iglesia concatedral del mismo nombre, y al lado, el palacio episcopal y el de Mayoralgo, conformando un inigualable conjunto. Otros edificios religiosos merecen nuestra atención, como las iglesias de San Francisco Javier, San Mateo, Santiago o San Juan, y los conventos de San Pablo, Santa Clara o el hospital de Caballeros. Siempre con la omnipresente imagen de las cigüeñas en sus pináculos, mientras abajo, en sus viejas y empedradas calles, resuena el eco de unos pasos, el peso de la Historia.
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