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Es una ciudad para el paseo detenido y la visita sin orden. Para ir de la iglesia al palacio y de la plaza a la tasca, mientras se recorre uno de los recintos amurallados mejor conservados del mundo. Nueve siglos de existencia han convertido la muralla en testigo pétreo de los avatares de la vida en la ciudad. Y ahí sigue. Desde el adarve o desde los Cuatro Postes es fácil descifrar buena parte de lo que encierra este monumento declarado Patrimonio de la Humanidad. Fue levantado en aquellos tiempos en los que el invasor musulmán estaba siempre al acecho y Avila era un territorio de nadie que el Rey Alfonso IV encargó repoblar a su yerno, Raimundo de Borgoña. Desde entonces, la muralla ha ido configurando el entramado urbano de una ciudad que con el paso de los siglos fue dejando de ser guerrera para convertirse en plaza conventual.
Las serpenteantes calles del casco urbano descubren su historia. Una historia que habla de conquistas y fronteras, de intrigas y episodios legendarios, de cantos y también de santos, y que relatan iglesias románicas, testimonios escultóricos celtas y una amplísima colección de palacios que embellecieron Avila en el siglo XVI, el período de máximo esplendor social, artístico y espiritual, y hoy rejuvenecen gracias a sus nuevos usos. Tal vez sean los fríos invernales de la capital de mayor altitud de la Península los que han conservado intacto todo lo que Avila guarda y han ralentizado el ritmo de su vida diaria. Y es que aquí el tiempo todavía permite algunas licencias, como pasear por la solana del Rastro mirando al valle Amblés, detenerse en alguno de los cafés que surgen en el trayecto del Mercado Grande al Chico, sus dos grandes plazas, o yantar ante una mesa abundante y bien aderezada, que hasta en ello la ciudad rinde tributo a su Santa más andarina.
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