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En algunos enclaves del globo, las ballenas llegan a arrimarse tanto a tierra que pueden verse a simple vista. Increíblemente cerca de la costa. El pueblecito sudafricano de Hermanus, a una hora y media de Ciudad del Cabo, está considerado el mejor lugar del mundo para este tipo de avistamientos, en el que no es ni siquiera preciso subirse a un barco para admirar de cerca a algunas de los centenares de ballenas francas que, entre julio y noviembre, recalan por su bahía con el único objetivo de aparearse. Son también estas moles de hasta dieciséis metros y cincuenta y cinco toneladas las que protagonizan los espectaculares avistamientos que pueden realizarse, sobre todo en septiembre y octubre, desde Puerto Pirámides, en Península Valdés (Argentina), donde en los encuentros más afortunados las ballenas francas australes parecen jugar con las lanchas, sumergiéndose bajo ellas y reapareciendo con majestuosos saltos, haciendo alarde de su poderío y dejando a la vista su poderosa cola.
También aquí, sobre todo en Punta Norte, Caleta Valdés y el golfo de San José, pueden verse orcas durante todo el año, aunque con más facilidad entre febrero y abril y en octubre y noviembre, al acecho de las crías de los elefantes y lobos marinos que retozan en la playa, y con los que parecen también jugar cuando logran darles caza, lanzándolos por los aires o rematándolos con la cola antes de devorarlos, con una saña que los expertos aseguran que no se trata de sadismo, sino de una manera de asegurarse el alimento y, de paso, transmitirle las técnicas de caza a los miembros más jóvenes de los grupos familiares en los que suelen vivir.
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