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«Escogiste las montañas para tu santa morada, las sierras altas, estranas, e la Viorna nombrada, en la qual muy apartada tú feziste santa vida contemplando sin medida la gloria muy desseada». Este delicioso fragmento del manuscrito sobre la «Vida y dichos de Santo Toribio», conservado en la biblioteca del monasterio cántabro que lleva su nombre, sitúa al viajero en el lugar agreste y solitario que eligió el santo lombardo, obispo de Palencia, para llevar la fe cristiana a una comarca que, en pleno siglo VII, todavía seguía habitada por gran número de idólatras y herejes. La leyenda de la fundación de este monasterio, en el que un siglo más tarde el beato de Liébana iba a iluminar sus célebres «Comentarios al Apocalipsis», se centra precisamente en las dificultades que tuvo que superar el prelado para evangelizar a los primitivos astures. Dícese que cuando el santo obispo llegó al valle de Liébana, subió a La Viorna y lanzó su báculo al aire con ánimo de erigir un monasterio allí donde cayera. Los lugareños, al parecer, se resistieron a participar en la construcción del templo, llegando al extremo de negarle sus animales de carga para el traslado de los materiales de obra hasta la ladera de la montaña. Pero Santo Toribio no se amilanó y solicitó la intervención divina.
Un buen día en el que Santo Toribio se encontraba orando en un prado cercano llegaron a sus oídos unos rugidos, cada vez más próximos, que parecían originados por una lucha de bestias salvajes. Lleno de asombro, apartó la vista de sus oraciones y descubrió muy cerca a un lobo y a un oso enzarzados en un brutal combate. Decidido a calmarlos, el obispo les habló en cristiano como si se tratase de seres humanos, conminándoles a que dejasen de pelear. Y cuál no sería su sorpresa al comprobar que los animales se amansaron, momento que aprovechó el santo para amarrarlos y uncirlos a un yugo, a fin de utilizar su fuerza para trasladar hasta la ladera de La Viorna las grandes piedras que precisaba para su fundación.
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