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La vida no siempre ha sido fácil en esta apacible villa marinera de Guipúzcoa, conocida por su espléndida playa y por los bellos paisajes de las cuencas montañosas de los ríos Urola y Deva (en euskera Deba). La lucha contra el mar y el drama de la separación de las familias, con los hombres faenando en las aguas bravas del Cantábrico y las mujeres rezando por su regreso, ha alimentado leyendas tan estremecedoras como la de «Las tres olas de Deba». Cuentan los más viejos del lugar que, a mediados del siglo XIX, vivía en el pueblo un pescador que había acogido en su casa a un sobrino huérfano llamado Tomás. Todo parecía sonreírle junto a su bella mujer y su única hija, pero el pobre se desesperaba porque durante el último año habían regresado a diario a puerto con las redes vacías.
Una tarde, después de preparar los aparejos junto a su sobrino y un joven marinero llamado Blinich, los tres se quedaron dormidos en la barca. A media noche, Blinich despertó aterrorizado de un sueño en el que aseguraba que se le habían aparecido dos mujeres que anunciaban la inminencia de un naufragio. «Eran sorguiñak (brujas) —insistía aterrorizado—, y tras echarnos la maldición pude oír cómo la mayor le decía a la otra que su obligación era hacer daño a quienes las quisiesen y que la muerte de los marineros iba a rematar una temporada de pesca que ella misma se había encargado de que fuese inexistente». Y aseguraba que esa misma noche se encontrarían con tres olas inmensas: la primera, de leche; la segunda, de lágrimas, y la tercera, de sangre, y que sólo había una manera de romper el hechizo: «Arponear la tercera ola, aunque si alguno lo logra caeré enferma y luego moriré», vaticinó la más vieja.
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