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Las fuerza telúricas
Poco (o nada) se sabe con certeza de sus constructores. Sin embargo, y aunque no se cuenta con documentos que lo atestigüen, la tradición es firme en la creencia de que se trata de un edificio levantado por la Orden de los Caballeros del Temple. Para empezar, está el enigma de su mismísima ubicación: según cálculos realizados por aficionados al género de lo mistérico, la ermita de San Bartolomé se halla exactamente a la misma distancia del cabo de Finisterre que del de Creus, 527,17 km en cada dirección, siendo así un punto geográfico equidistante del Oriente y del Occidente peninsulares. Para los estudiosos del Templarismo está claro que esta comunidad de monjes guerreros nunca elegía sus emplazamientos al azar y que siempre detrás de ellos se encuentran razones de peso. La elección de puntos geográficos determinados —como éste—, cuya significación suele venir dada por variantes matemáticas o por una tradición esotérica anterior al cristianismo, tendría mucho que ver con aquellos lugares en los que se detectaba la surgencia de importantes energías telúricas.
Cruces y estrellas
La creencia de que se trata de un lugar escogido por los templarios para la realización de ritos o como simple rincón de retiro en el que los monjes recogerían dichas energías viene a reforzarse con una atenta mirada a los canecillos de la ermita: cascos templarios, cruces, pentágonos estrellados, juglares, toneles y marcas de canteros o cabezas de lobo parecen formar parte de los acertijos para iniciados a los que eran tan dados los Caballeros del Temple. Sea como fuere, la presencia de la ermita en uno de los recodos más hermosos del río sigue siendo acicate para dejarse llevar por la fantasía, recreando a cada paso el ambiente cotidiano de las cuevas habitadas por ermitaños y de los mensajeros portadores de secretos recorriendo de incógnito el fondo del desfiladero, en busca de barbudos monjes recién llegados del lejano Jerusalén.
Una galería olvidada
El recorrido mistérico por el cañón puede encontrar su complemento perfecto en la visita a otra fortaleza templaria que se alza junto a la localidad de Ucero. Las almenas rotas de su destartalado castillo ofrecen hermosas perspectivas del río y los cañones. Ha sido propiedad secular de los obispos de Osma y en algún momento de la historia fue utilizada como cárcel de clérigos. Destaca la torre del homenaje. Y, como no podía ser de otra manera en un territorio donde lo real y lo fantástico corren de la mano, existe la creencia popular de que una galería comunicaría el castillo con la parte baja de las vegas próximas al río Chico, utilizada antaño como vía de escape o como forma de abastecer de agua el castillo ante un asedio imprevisto de los ejércitos moros o de algún oscuro enemigo.
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