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La represión de la brujería entre 1500 y 1700 fue especialmente sangrienta en el Norte de Europa y menos grave en el Mediterráneo. En España también hubo quema de brujas, pero, según afirman los historiadores, la Inquisición practicó más el destierro y la vergüenza pública que la hoguera. Aún así, se quemaron brujas, y en 1610, la Inquisición procesó en esta zona a una serie de personas del pueblo, acusadas de celebrar aquelarres en esas cuevas. Fueron cuatro mujeres y dos hombres, y de otras cinco personas, que lograron huir, ardieron sus efigies. El pueblo tenía entonces poco más de quinientos habitantes. A medio kilómetro de él se encuentra una gran cueva, llamada de los Brujos (Sorguin-leze), en cuyo interior discurre el arroyo Inpernuko-erreka (Regato del Infierno). La Inquisición creía que en esta gruta se reunían las brujas y brujos de toda la comarca y que celebraban orgías con el demonio.
Desde hace años, los vecinos del valle y los visitantes que quieren participar, rememoran toda la simbología que rodea a las leyendas de las grutas. El 18 de agosto, tercer día de las fiestas, celebran en el interior de la cueva mayor una comida popular denominada «zirikojatea» (cordero asado), a la que asisten varios miles de personas. Últimamente, incluso se celebra en esas mismas fechas un concierto de música celta. Es un modo delicioso y bastante más 'ligth' de conjurarse con la magia de las brujas de Zugarramurdi, cuyo ungüento básico lo componían el vino y el cordero, un mix que en pleno siglo XXI puede decirse que continúa hechizándonos a todos.
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