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A poco más de un par de horas de las aguas turquesa de Cancún o Playa del Carmen, la ciudad maya de Chichén Itzá se levanta como el poderoso legado de una de las grandes civilizaciones de la Antigüedad, que alcanzó unos conocimientos matemáticos y astronómicos asombrosos, como demuestra la exactitud de su calendario o la edificación de sus templos y centros ceremoniales. Chichén Itzá fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1988.
Al sur de México, hacia el interior de esa península del Yucatán que se orla en su costa de playas tan populares como Cancún, la mucho más encantadora Playa del Carmen o la todavía en gran medida virgen costa de Tulum, se levantan entre la selva las ruinas de Chichén Itzá, una de las grandes ciudades de los antiguos mayas. Esta civilización, entre las más avanzadas de las culturas que florecieron en Mesoamérica en la época precolombina, dejó esparcidas sus huellas por Guatemala, Honduras, Belize y, por supuesto, México, donde la zona arqueológica de Chichén Itzá ocupa una posición sobresaliente como una de sus ciudades más importantes y de los centros religiosos más sagrados de este pueblo que supo desarrollar de forma asombrosa las matemáticas, la astronomía o la medicina.
Se estima que Chichén Itzá, la ciudad al borde del pozo de los itzáes, se construyó alrededor de los años 435 y 455 de nuestra Era y estuvo habitada hasta 1204. Entre sus edificios y recintos más espectaculares destaca el Templo de los Guerreros, la cancha para el Juego de Pelota, el Observatorio, el complejo de Las Mil Columnas o las plataformas de los Tigres y de las Águilas pero, sobre todo, la pirámide de Kukulkán, su pieza central, también conocida como El Castillo.
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